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Feliz recuento de los (d)años

25 Oct

(Dedicado a: Mónica Robledo. ¡Feliz cumpleaños!)

ANÉCDOTA

Mónica, sentada frente a la mesa, miraba con recelo el pastel. A su alrededor, cerca de quince personas decían “mordida” a coro, entre risas, una y otra vez. Ella sabía que negarse era inútil; su plan consistía en ser astuta y certera; esperaría el momento indicado, un descuido y entonces atacaría el pastel con una mordida limpia y rápida. Entonces todos se reclamarían mutuamente y podrían continuar con la celebración.

“¡Mordida, mordida!, seguían los gritos. Mónica miró a su alrededor: sus primos intercambiaban expresiones de malicia. Era obvio que planeaban hundirla, y a ella no le llamaba la atención la idea de morir asfixiada por betún. Se movió hacia el frente y los vio moverse. Estaban atentos; no sería fácil. Se miraron a los ojos fijamente. Sería un enfrentamiento de velocidad; y tenía seguridad en los reflejos que su entrenamiento como bailarina le habían dado.

Mónica se acercó de nuevo al pastel, sin dejar de verlos; lista para esquivarlos. Pero otra mano traidora la sujetó por la nuca. La muchacha cerró los ojos en el momento que su rostro se hundía en aquella pegajosa sustancia.

REFLEXIÓN POSTERIOR

Es frecuente encontrar a una cría de humano que te “presume” que faltan X días para su cumpleaños. Y es algo normal. Es decir, cuando eres niño, el calendario te parece un monstruo come-paciencia ―espéralo pronto en Plaza Sésamo―, una espera que raya en lo eterno entre los días que no tienes clases; mucho más cuando falta poco para celebrar el aniversario de los dolores de parto de tu madre. Insisto. Es normal. En esos días, tu mayor preocupación es saber si Gokú podrá salvar la Tierra o no. En fin… los días son largos e insoportables. Pero, bueno, esa fecha trae consigo muchas ventajas: tus amigos te respetarán más por ser mayor, ta darán regalos, te dejarán dormir más tarde, recibirás regalos, tendrás permiso para hacer más cosas, y, por supuesto, significa muchos regalos. Al final del día, te vas a dormir con una sonrisa, deseando que ojalá no tuvieras que esperar tanto para tu próximo cumpleaños.

“¿Qué es un adulto? Un niño inflado por la edad”

Simone De Beauvoir

Pero, conforme aumenta tu colección de arrugas en el rostro, tal pareciera que el reloj comenzara a robarse minutos. Simplemente los días no te alcanzan ni para hacer lo “urgente”; y antes de darte cuenta, llegó la noche, llegó el fin de mes ―¡la renta!―, se acabó el semestre ―y apenas le iba a echar ganas― y, finalmente, te enteras por la felicitación de algún amigo en Facebook que cumpliste un año más de vida. Te miras al espejo y te preguntas en voz de Rocío Dúrcal “(8) Cómo han pasado los años…(8)” ―…caray, si estoy envejeciendo―. Y, con suerte, recibirás uno o dos regalos. Al final del día, te vas a dormir con dolores de espalda, preguntándose qué has hecho de tu vida.

“Cada edad es un sueño que se está muriendo o uno que está por nacer”

Arthur O’Shaughnessy

La diferencia es clara, y radica principalmente en… en… ehm… ―¿de qué estaba hablando? ¡Ah, ya me acordé!―, la diferencia radica en cuáles son los pensamientos que nos gobiernan según la etapa de nuestra vida. Un niño piensa en disfrutar el momento, o en lo que hará mañana, sin preocuparse por lo que ya hizo. En cambio, la mayoría de nosotros somos fanáticos de la frase “me hubiera gustado que…”; la cual no es más que un venda que nos impide ver lo bueno que tenemos en ese momento.

“La edad no importa, salvo que usted sea un queso”

Luis Buñuel

También ocurre que nunca, nunca estamos conformes, y pasamos la vida deseando tener otra edad. Siempre me ha parecido ridículo que cuando está(bamo)s chavos ―como yo, a mis diecisiete años… y medio―, haces lo que sea para fingirte mayor; ¿cuántas chavas de quince o menos no se maquillan durante horas para que las dejen entrar al antro?, ¿cuántos chavos no compran una cajetilla de cigarros ―creyendo haber engañado al tendero― y se la fuman, a la vista de todos, con mirada de “malo”, con un pie apoyado en la pared? Pero luego, el tiempo transcurre y se sienten ultrajados porque un niño de primaria les llamó “señor” o “señora”; o porque Don Jonas, el de la tienda, ya no les pide identificación para venderles cerveza. Entonces las chavas se maquillan ahora para verse más jóvenes, y los chavos compran “Frutsis” congelados y juegan fútbol en la calle para sentirse menos adultos. No voy a ser hipócrita y decir que nunca hice tonterías así; pero sí puedo afirmar que me costó mucho trabajo comprender que ―ahora, el cliché de la semana:― lo mejor de la vida es lo que ocurre en este momento, lo que estamos viviendo.

“Haría cualquier cosa por recuperar la juventud… excepto hacer ejercicio, madrugar, o ser un miembro útil de la comunidad.”

Oscar Wilde

El pasado 23 de octubre desperté con la pregunta de “¿Qué he hecho de mi vida?” Sé que cargo con una larga lista de errores; me arrepiento de varias decisiones y de cosas que he hecho o que no hice; soy el primero en reconocer que extraño a algunas personas; y que debo mejorar en muchos aspectos.  Sin embargo, también sé que fueron esas decisiones las que me tienen en dónde estoy ahora, y que aunque pudo haber sido antes, también pudo no haber ocurrido; sé que las contadas virtudes que poseo son las que me han ayudado a rodearme de personas extraordinarias, y que con nadie tengo problemas que no tengan arreglo. Me tomó muchos años entender que soy la suma de lo malo y lo bueno que he vivido; y que, sin ánimos de presumir, me mantengo en números positivos ―por poco margen… pero ahí ando.

“Todos los días miro los obituarios de los periódicos y me fijo sobre todo en la edad del muerto. La mayoría es más joven que yo. Me asusto y pienso: a lo mejor se han olvidado de mí”

Billy Wilder

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Harry Potter y la piedra filosofal (del libro a la pantalla)

22 Sep

ANÉCDOTA

Para un niño normal, la idea de un viernes sin clase significa alegría, televisión, videojuegos y amigos; pero no para ti. Tu padre anunció que aprovecharían la ocasión para ir a visitar a la tía Cleopatra ―que lo único de egipcio que tiene es el proceso de momificación―. Protestaste, hubo huelga de hambre; hasta pediste apoyo al consulado inglés, para que te invitaran a la boda real y así tener una excusa para no visitar a la tía Cleo. Nada funcionó.

Mientras tus mejillas son masacradas, te imaginas qué pasaría si pudieras desaparecerte, incluso te conformarías con que un tornado destruyera la cocina o que los zapatos de tu tía se convirtieran en ratas infectadas de peste bubónica.

Trata de relajarte, sólo serán tres días.

HARRY POTTER: 

El niño que fue del libro a la pantalla

“Harry Potter y la piedra filosofal” es el primer libro de la saga literaria “Harry Potter”, escrito por la británica J. K. Rowling. La historia fue rechazada por varias editoriales ―supongo que despidieron a esa gente―, hasta que la editorial Bloomsbury aceptó apostar por ella. Fue publicada el día 30 de junio de 1997; y fue traducida al español por la editorial Salamandra en el 2000.

Fue un éxito inmediato, por lo que las críticas no tardaron: incluso fue acusada de promover al esoterismo. Así mismo, llegó la adaptación al cine, dirigida por Chris Culumbus en 2001, convirtiéndose rápidamente en una de las películas más taquilleras de la historia. Pero… ¿qué tan fiel es la adaptación cinematográfica al libro? Bien, para saberlo, comparemos cómo se cuentan (en el libro) y cómo se muestran (en el cine) tres de las escenas más importantes.

PRIMERA ESCENA

En la novela, la escritora nos presenta un mundo en fiesta, aunque la gente “normal” ―como ustedes―, no está enterada; nos habla de centenares de lechuzas en pleno día, de lluvias de estrellas y gatos que leen; conocemos a los Dursley: Vernon, Dudley y Petunia, así como la aversión que siente por todo lo referente a su hermana, incluso la niega ―qué diría Laura sobre esto, seguro les daría un carrito de Hot-dogs―; leemos el concepto de “muggle” aunque no se define; así mismo, comienzan los destellos de lo ocurrido con los Potter y su hijo, Harry.

Cuando llega la noche, Albus Dumbledore aparece en mitad de la calle, un anciano que viste raro ―nada que ver con Chespirito―. Está también es la primera escena de la película, y lo entiendo; después de todo, ¿a quién le importan los Dursley o el mundo? El anciano utiliza el Apagador para… ehm… apagar las luces ―sin comentarios― y le habla al gato-lector, que resulta ser una gata… es decir, la profesora MacGonagall. En la conversación de estos personajes nos enteramos de que hay celebraciones en todo el país y de la trágica muerte de Lily y James Potter. Pero en la película no nos dicen nada de esto, todo se resume a:

“―¿Los rumores son ciertos, Albus?

―Me temo que sí; los buenos… y los malos.”

En ambos casos, Harry es dejado para que crezca lejos de la fama, el cariño y de la presión por haber sido quien detuvo a Voldermort, para vivir entre el desprecio y la vergüenza con sus tíos sin saber por qué ―¿No quisieras tener un amigo así?

SEGUNDA ESCENA

Ahora hablemos de cómo los protagonistas encuentran a Fluffy, un adorable perro gigante de tres cabezas que custodia la Piedra filosofal ―sólo hablando de HP puedo decir una frase como esa sin quedar como un demente―. En el libro, Draco Malfoy reta a Harry a un duelo a medianoche. Hermione trata de disuadirlos, recordándoles que estar fuera de los dormitorios en mitad de la noche está prohibido; pero en su intento se queda afuera y no le queda otra opción que acompañarlos; en el camino también se encuentran a Neville ―otro personaje al que no le dan la importancia que merece― y… también va. Como era de esperarse, el reto era una trampa; por lo que se ven obligados a huir del celador/conserje, Filch―; entran justo al pasillo que les dijeron estaba prohibido. Y ahí conocen a Fluffy.

En la película: los tres amigos van caminando como si nada ―nunca queda muy claro a qué hora toman clase―, y ¡la escalera se mueve! Ellos corren al siguiente descanso y deciden, nada más porque sí, entrar a la puerta que tienen enfrente, a donde no deben ir ―nadie se lo esperaba…

“―¿Alguien más siente que no deberíamos estar aquí?

―Es que no debemos estar aquí: es el tercer piso. Está prohibido.”

Aparece la gata de Filch ―qué feo se lee eso―, y ellos corren para evitar el castigo. Lo que no entiendo es ¿cuál castigo?, ¿no pueden decir que la escalera se movió y ya? En fin, ahí conocen al tri-perro.

TERCERA ESCENA

Ahora, la parte clímax de la historia ―insertar música dramática y rayos, muchos rayos―. Comencemos en el punto en que Harry y compañía deciden impedir que el malo se haga con ella. Salen de noche ―sí, otra vez― y se encuentran a Neville ―sí, otra vez―, quien trata de detenerlos para que Gryffindor no tenga más problemas. Hermione lo petrifica y siguen de largo. Al encontrarse con Fluffy ―me encanta ese nombre―, ven que hay un arpa tirada, lo que significa que alguien más ya pasó por ahí; Harry toca una flauta que le regalaron en navidad ―qué conveniente―, y la bestia se adormece; se dejan caer por una trampilla y aterrizan sobre una planta a la que tienen que matar con fuego antes de que ella los asfixie entre sus ramas. Luego, entran a una habitación con llaves voladoras ―imagino que así se sienten los borrachos al llegar a casa―, en donde deben atrapar la correcta; los tres amigos vuelan en las escobas. Después, viene un juego de ajedrez mágico ―exijo tener uno de esos―; Ron ordena los movimientos, y al final queda malherido y deben dejarlo atrás―son magos, ¿no pudieron llevárselo levitando o algo así?―. La siguiente habitación tiene un acertijo con venenos, el cual Hermione resuelve con demasiada facilidad; pero nada más uno puede seguir, por lo que la amiga regresa con Ron. De la “batalla” contra Quirrel, el malo ―otra vez los rayos y la música―, se puede decir poco, pues sólo es la aclaración de los huecos en la historia y Harry gana, tocándolo… ―sí… se escucha terrible.

En la película, el arpa sigue tocando: el perro está dormido. La planta cambia, pues ahora basta con tranquilizarse para que no les haga nada, o pueden arrojar luz para que se retire. En la escena de las llaves, Harry es el único que vuela. Pero, lo que menos justicia tuvo fue el tablero de ajedrez: las piezas no hacen ni una cuarta parte de todo lo que dice el libro; igual, Ron queda lastimado ―golpeado por un trozo de polietileno pintado de roca― y no puede seguir; aquí mismo, Harry le dice a Hermione que se quedé con Ron. Omiten el acertijo. Y, ya contra Quirrel, es casi el mismo final.

CONCLUSIÓN

Hay muchas escenas en donde podemos ver que la película se enfocó en Harry Potter, y sólo en él; las circunstancias del mundo en que se desarrolla la historia, así como la participación e importancia de los otros personajes fueron reducidas, algunas incluso ignoradas. No digo que sea una mala adaptación, al contrario: creo que hicieron un muy buen trabajo al elegir su línea y trabajar  siempre sobre ella; querían mostrarnos a Harry como un héroe y no como un estudiante o un neófito en el mundo de la magia, como en varias partes hace el libro; y lo lograron.

“Lo que sucedió abajo, en la cámara, entre el profesor Quirrel y tú, es secreto; así que, naturalmente, toda la escuela lo sabe”

Quizás se debió a que gran parte de la novela se avoca a explicarnos por primera vez cada lugar, hechizo, persona y aparato; pero casi no hay escenas que quedaron fuera de la película. Lo cual, estoy seguro, muchos fanáticos de esta saga agradecen.

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Espero que les haya gustado esta publicación. Los invito a dejar sus comentarios, quejas, opiniones y demás. Si les gustó, denle “pulgar arriba”, sino… ehm… ehm… Nos vemos. Hasta la próxima publicación..

Cuando sea grande, quiero ser mexicano

18 Sep

ANÉCDOTA

Despiertas ya pasado el medio día, con resaca, naturalmente; la fiesta que organizaron tú y tus amigos para dar “El Grito” terminó casi a las cinco de la mañana. Tratas de hacer memoria: ¿qué tomaste? Tequila, mucho tequila; una, dos o veintisiete cervezas; y quizás un poco de brandy, coñac y whiskey para verte refinado. No te arrepientes. Sientes ganas de vomitar y parece que tu habitación está dando vueltas; pero no te arrepientes.

Anoche gritaste a todo orgullo: “‘Viva México!”, abrazaste a un montón de desconocidos, acusaste de “maricas” a un grupo de abstemios y trataste de conquistar a cuanta mujer se te puso enfrente; buscaste pleito con siete sujetos y le diste un puñetazo a ése que insultó a tu equipo de fútbol y al que intentó ligarse a tu hermana. Bebiste directo de la botella, cantaste con el mariachi las de Pedro Infante, Agustín Lara y José Alfredo Jiménez. Saliste caminando en zigzag y, para cerrar una noche perfecta, saliste en televisión y, gracias a internet, muy pronto serás famoso.

Miras el reloj: las 12:41. Tenías que estar en el trabajo desde las ocho. No importa. Ya pensarás en la excusa para tu jefe; te consuela pensar que lo más probable es que él esté igual que tú. Después de todo, celebrar a la nación es sólo una vez al año.

REFLEXIÓN POSTERIOR

Ser mexicano no es ponerte la playera de tu equipo cada fin de semana, ni ofenderte porque un programa de televisión británico se burló llamándole “tortilla” a un auto ―que, sigo diciendo, parece más bien una torta pequeña―, ni siquiera se trata de empeñar hasta a tu perro para ir a apoyar  a la selección a algún mundial; ser mexicano va más allá de eso, es un orgullo a la vez que un privilegio del que no cualquiera puede presumir ―sólo los nacidos en territorio nacional, de padre o madre mexicana o que se naturalicen, o los que nacen en embarcaciones o aeronaves con nuestra bandera… pero nada más ésos―. Y debemos de disfrutar y celebrarlo como tal.

Pocos países en el mundo pueden presumir de tener una tradición histórica como nosotros. Podríamos hablar de los aztecas, toltecas, tlaxcaltecas, zapotecas, mixtecos, huastecos, teotihuacanos, pames, purépechas, rarámuris; cada pueblo con sus costumbres, tradiciones, arquitectura, política y comercio; y, aún así, estaríamos apenas dando un pestañeo de nuestra historia ―porque nuestra historia no comenzó con la llegada de los españoles―. Después vino el mestizaje, la sangre europea y africana llegó a nuestra tierra. Todas estas mezclas dieron como resultado al México moderno, mismo que se define como una sociedad pluricultural y tolerante; que se mantiene fiel a sus costumbres como el Día de Muertos y… ehm… otras ―el hecho de que no pueda pensar en una no significa que no las haya―; somos un país que conquista al corazón extranjero con la calidez de su gente y sus maravillas naturales ―ah, eso sonó a comercial barato de la SECTUR.

El mexicano es adicto al peligro y a las emociones fuertes; no teme a la muerte, sino que la ve como su amiga. Disfruta de la sensación de la adrenalina, quiere hacerlo todo al mismo tiempo ―este blog es muy mexicano― y sabe trabajar bajo presión ―no es que sea flojo―, por eso que espera hasta el último momento para cumplir con sus actividades o tareas; vive bajo la premisa de: “Me van a pagar igual si lo entrego hoy o el último día”. Y, en caso de no terminar, tiene una capacidad de inventiva única en el mundo; las excusas brotan de sus labios como un reflejo ―y muchas veces son verdaderas genialidades: historias con introducción, dos o tres nudos y un desenlace sorpresivo y conveniente―. Todo para conseguir un aplazamiento de la fecha de entrega. Lo que conduce a otro punto importante de la idiosincrasia nacional: la puntualidad. En México es común escuchar “cité a la gente a las ocho, para empezar como a las nueve y media”, o “¿Llegar temprano? Ni que fuera a barrer”. En la mayoría de los trabajos y escuelas existe algo llamado “tiempo de tolerancia”, que va de los cinco hasta los quince minutos ―al menos eso me han dicho…― y que sólo es un rango en donde la impuntualidad es todavía “perdonable”.

En cuestión de ciencia y cultura, México es cuna de tres personajes galardonados con el Premio Nobel: Alfonso García Robles, ganador del Nobel de la Paz en 1982; Octavio Paz, premio Nobel de Literatura en 1995; y Mario J. Molina, ganador del Nobel de Química en 1995. Es sólo cuestión de tiempo para ampliar esta lista, pues, la televisión nacional está repleto de programas culturales que fomentan el pensamiento analítico-crítico de los niños: “Laura”, “La rosa de Guadalupe”, “La Academia ―¡ahora, en 3D!”, Ventaneando, Big Brother ―en cualquiera de sus versiones”, “Las lavanderas”, “Guerra de chistes”, etcétera. Por si eso fuera poco, el mexicano promedio lee tres libros al año, si multiplicamos esta cifra por los 112 millones de mexicanos que somos, da un aproximado de 336 millones de libros leídos ―de alguna manera había que salvar esa cifra.

Además, nuestra gente sabe de historia; un estudio reciente demostró que más del 60% de la población sabe que los niños héroes fueron: Juan Escutia, Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Vicente Suárez, Harry Potter y Ron Weasley.

Si de algo podemos presumir es de nuestra gastronomía, que es reconocida a nivel mundial por su gran variedad de sabores y su condimentación; no por nada en el 2010, la UNESCO la nombro como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Platillos tan típicos como el mole, los tamales, el zacahuil, las tortas ahogadas, o los tacos son sólo la punta del iceberg ―sí, la RAE ya agregó esa palabra a nuestro diccionario―; tampoco podemos olvidar a la pizza a la mexicana, el chili con carne o los makis con salsa Valentina. Todas estas recetas nos confirman de la riqueza ―y la fortaleza gástrica― que tiene nuestra gente.

Por eso ―y por muchas otras razones que no escribiré porque ya me dio flojera―, es que México es único y debemos estar orgullosos de haber nacido en él. Nadie quiere ―ni puede― “ocultar el nopal con un dedo” o ser indiferente ante la difícil etapa que atraviesa nuestro país; pero les recuerdo que esas circunstancias no son más fuertes que nosotros, que la sociedad, que nuestro deseo de ser cada día mejores y poner en alto, en donde le corresponde, el nombre de nuestra patria. ¡Viva México! ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Viva Jiménez!… y demás calles del Centro Histórico.

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Vida y obra de Freddie Mercury

8 Sep

ANÉCDOTA

Estás sentado casi al borde del sofá; debajo, esparcidos por el suelo, están los restos y envolturas de la botana y las botellas vacías, víctimas de tu afición al fútbol.

No es un partido como cualquier otro: es la final. Esperaste seis meses, sufriste más de veinte partidos, pero ahora, tu equipo está a dos minutos de convertirse en campeón de la temporada. A tu lado, repartidos en las sillas del comedor, los bancos de la cocina y dos cubetas, tus amigos están casi tan desesperados como tú.

El portero despeja, y mientras el balón está en aire, el árbitro finaliza el encuentro. Los miembros del equipo se abrazan, brincan y levantan el puño; los comentaristas se deshacen en elogios y una canción popular resuena desde las bocinas del estadio.

―Guiiiiiiiiiiiiiiiiiiii ar de chaaaampiooooons mai frends, guiii ar de champions o de woooooorl ―cantan miles de voces a todo volumen, y muy pronto tú y tus amigos se unen a la celebración.

Tus vítores se entremezclan con los provenientes de cada casa de la calle; todos vieron el partido y están celebrando como tú… bueno, algunos sí se saben la letra de la canción.

RESEÑA

Pocas cosas son más mexicanas que celebrar un triunfo a la voz de “We are the champions”, de la banda británica Queen ―pocos saben la letra, y aún menos entienden qué significa; pero eso sí: todos la “cantan” hasta desgarrarse la garganta―. Esta vez no hablaremos sobre la banda; sino sobre su líder y vocalista, el parsi, Farrokh Bulsara, mejor conocido como Freddie Mercury, quien nació el día 5 de septiembre de 1946 en Tanzania.

Como artista, Mercury fue y sigue siendo reconocido por la fuerza de su voz y lo exótico de sus presentaciones en vivo. Destacó también como compositor musical, productor y por sus participaciones como músico invitado con otros artistas. A pesar de su gran carisma, no le gustaba dar entrevistas ―aunque sí hacía fiestas masivas cada que tenía la oportunidad. Aún me arrepiento de haberme negado a asistir cuando me invitó―. Diferentes revistas y grupos de fanáticos lo han señalado como uno de los personajes más influyentes del rock, a pesar de que él comparaba su música más con Liza Minnelli y su estilo de cabaret, que con Led Zepellin o The Beatles; también la revista “Times Asia” ―sí, existe…―, lo nombró como uno de los héroes asiáticos más importantes de los últimos sesenta años.

“Hay veces que me despierto y pienso: ¡Dios mío! Ojalá hoy no fuera Freddie Mercury.”

Otra de sus virtudes era la versatilidad de los temas que abordaba en su música; basta dar un vistazo al disco “Gratest Hits” de Queen, para ver que él escribió diez de las diecisiete canciones ahí contenidas. Letras como “Bohemian rapsody”, “Somebody to love”, “Don’t stop me now” y ―obviamente― “We are the champions”, confirman su capacidad creativa. Sus canciones se encuentran en la mayoría de las computadoras ―de la piratería y demás, hablamos luego―; son parte de programas, películas y series; resuenan en los antros y son destrozadas en los karaokes generación tras generación.

Como ya se ha dicho, Mercury era reconocido también por sus actuaciones en vivo. Empleaba un estilo teatral ―sí, él lo hizo mucho antes que Gaga, y mucho mejor también―, enfundado en un traje de malla… ―en eso sí prefiero a Gaga.

“Afrontémoslo, queridos, somos la banda más absurda que haya existido nunca.”

Respecto a su sexualidad, Freddie ―como le decíamos sus amigos―, varias veces afirmó ser gay, y en otras tantas se declaró bisexual. Sin embargo, a pesar de las crecientes especulaciones, ocultó tener VIH durante muchos años.

“Vivo la vida plenamente, mi instinto sexual es enorme. Duermo con hombres, mujeres, gatos, lo que quieras. ¡Me voy a la cama con lo que sea!”

Fue su respuesta en una entrevista a un periódico británico ―sí, algo muy parecido a lo que dice Angelina Jolie―. Reveló que padecía la enfermedad pocos tiempo antes de su muerte, argumentando que su intención había sido la de proteger a las personas que lo rodeaban.

Falleció el 24 de noviembre de 1991 ―les ahorro la resta: tenía 45 años―, a causa de una bronconeumonia que se complicó por el SIDA.

Ahora ya lo sabes, la próxima vez que celebres a México, cantando “We are the champions”, recuerda darle el merecido crédito a este polifacético artista originario de Tanzania.  Por cierto, Google le dedicó un tributo  a manera “Doodle” por el 65 aniversario de su natalicio, con la letra de “Don’t stop me now”, se los recomiendo bastante. Honor a quien honor merece.

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Tú ganas; no quiero discutir

21 Ago

LA ANÉCDOTA

Plaza de Armas, en San Luis PotosíAquella noche vagábamos por las tranquilas ―no es sarcasmo― calles del centro colonial de nuestra ciudad. Como de costumbre, el tema de conversación había ido cambiando sin darnos cuenta conforme el pasar del tiempo: comenzamos hablando de cómics y videojuegos, eso lo recuerdo bien ―con frecuencia es el detonante de nuestras conversaciones―; sin embargo, ahora que hago memoria, en algún momento me parece que discutimos algo sobre la educación y política, y del cómo arreglaríamos todo en quince minutos ―cómo buenos mexicanos―; hablamos sobre amigos ―y no tanto― en común, películas, pelirrojas y proyectos a largo, muy largo plazo.

El paisaje amenazaba con pasar a la historia como un domingo cualquiera; como esos días que, antes de dormir, te mientes diciendo: «¡Qué buen día!» y te tumbas a manera de oso perezoso sobre tu cama, con la firme intención de no levantarte hasta después de la una de la tarde del día siguiente ―cuando un día es bueno en realidad, lo menos que quieres es ir a la cama… Bueno, eso depende de la situación; el asunto es que, cuando te la estás pasando bien, lo único que quieres es que el día no termine nunca―. El punto es que cuando llegamos a Plaza de Armas―una de las plazas más bonitas de la capital. Ya sé que casi cada ciudad del país tiene una… ―, caminaba hacia nosotros un grupo de personas, todas cercanas al medio siglo de edad.

“… es que, no puedes discutir con una persona… ¡qué está desnuda!”

Aquella frase, aquel destello de Filosofía urbana enunciada por uno de esos rostros anónimos, perforó nuestra conversación con fuerza, removiendo desde la base cada uno de nuestros pensamientos y, al mismo tiempo, convirtiendo nuestra platica en algo banal, absurdo e intrascendente. Nos detuvimos. Sin importar por dónde se le viera, no había manera de debatir contra tal aforismo, contra aquel destello de sabiduría en la más pura de sus formas.

Recuerdo que nos miramos en silencio durante un par de segundos, sin atrevernos a hacer algo que pudiera manchar el momento. Primero sobrevino una trémula sonrisa, para luego abrir paso a una serie de carcajadas que resonaron entre las calles vacías.

Estoy seguro de que ellos, el grupo de quincuagenarios, entendieron el motivo de nuestra risa; pero fingieron no hacerlo y se limitaron a apresurar el paso para alejarse.

REFLEXIÓN POSTERIOR

En lo personal, creo que dicha afirmación tiene algo de cierto: la persona desnuda tendría la desventaja de… eso, de verse vulnerable. En los libros y películas, cuando inicia una discusión, ocurre una escena muy repetitiva: si el hombre es el molesto/ofendido, se levanta y se pone el pantalón ―el pecho musculoso debe de quedar a la vista siempre―, y hasta entonces responde; en el caso de la mujer: se levanta un poco más lento ―el lector/cinéfilo/televidente debe tener tiempo suficiente para verla bien― y camina desnuda, aún más despacio, para ir por una bata ―que siempre está del otro lado de la habitación y es transparente, o de un color muy claro… por eso del pudor―, y ya cubierta, discute. Un problema a la vez. ¡Ah! Y algunos autores rematan con la frase magistral: «fue entonces que pudo verlo(a) a los ojos». ¿Hacia dónde veían antes? ¿Qué no estaban tan molestos?

Una amiga, a la que ahora llamaremos Ana L. ―no, mejor A. Laura―, se jactaba de haber encontrado la manera en la que su novio no le negaba nunca nada. Lo que sí negaba a compartir era su secreto con los demás ―yo quería saber por mera curiosidad… Y para que no me lo hicieran a mí―. Fue hasta una fiesta, y medio litro de tequila después, que me  llamó aparte y entre frases tontas me confesó: «ya cuando estamos desnudos, a punto de hacer… Tú sabes… ―omitiré relatar la parte en la que trató de decírmelo con mímica―, es cuando le puedo pedir lo que sea». En su momento me pareció una situación por demás absurda; o, quizás, una verdad incómoda. Pero en su método hay dos elementos que saltan a la vista: la desnudez y la ausencia de discusión. Ahora que lo pienso, quizás aquel filósofo urbano era el novio de mi amiga ―espero que no; de lo contrario, me preocupan los gustos y fetiches que pudiera haber tenido.

“… pero, puedes discutir si está detrás de una cortina”.

Dijo un amigo cuando el tema salió a debate en el grupo. Tiene razón, aunque eso ya abandona el tema de la desnudez como tal y entra en el mundo de la especulación.

Imaginarse en una situación así es complicado… e incómodo.

Como podemos ver, la literatura, el cine y la vida misma nos brindan ejemplos que confirman la verdad en las palabras de aquel erudito anónimo. Es una lástima que no sepa su nombre ni pueda recordar su rostro; sin embargo, jamás olvidaré ese aroma a mezcal que lo rodeaba como un aura con manchas negras, símbolo inequívoco de que las moscas supieron antes que yo de su grandeza.

Y reto a cualquiera de ustedes a desnudarse y decirme lo contrario.

¿Necesito decir más?

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