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Tengo una idea: te propongo un ”free”

16 Oct

ANÉCDOTA

Lo ves acercarse; mandaste pistas, insinuaste tus sentimientos, indirectas; y por fin ha dado resultado. Ves su rostro y sientes que tiemblan las piernas. ¿Qué le dirás? ¿Lo harás esperar? ¿Le dirás que te deje pensarlo? Tantas opciones, y todas apuntan a un final que te sabe irreal.

“Me gustas”, lo escuchas decir y te esfuerzas por no lanzarte a sus brazos y besarlo. “No, Epigenia, hazte la difícil”, te ordenas. “Quería… me preguntaba sí…”, tartamudea, y su gesto te parece adorable. Lo tomas de las manos y le pides que te mire a los ojos. “Tú también me gustas”, confiesas para ayudarlo a encontrar el valor que le hace falta.

“¿Quieres ser mi… mi… ―dice y no puedes evitar que una sonrisa delate tu emoción― Quieres que tengamos un free?” Respondes que sí de inmediato, aunque cuando la pregunta se repite en tu cabeza, entiendes que algo está mal. Lo miras confundida y él se defiende: “vengo de una relación muy complicada. No estoy listo para algo serio”.

REFLEXIÓN POSTERIOR

Las relaciones abiertas han existido desde hace mucho ―pregúntale a tu abuelo… cuando esté un poco borracho―, y es un fenómeno que es cada vez más “aceptado” y más común. Emitir un juicio entre si son correctas o no es entrar en un debate un tanto absurdo; puesto que, en la mayoría de los casos: quienes han o tienen una relación así, dirán que es una excelente opción, una manera de disfrutar y divertirte sin tanto problema ni compromiso; mientras que los que no han vivido esta experiencia, dirán que es lo peor que existe y tildarán a los que la practican como personas sin moral ni respeto por si mismas ―como esas parejas impuras que tienen sexo pre-marital, ¿cierto?―. Todas las opiniones son válidas; pero es imposible ignorar que los “free”, el tipo más frecuente de estas relaciones, proliferan peor que la gripe común o la influenza ―sólo que esto no nos deja sin clases… aunque puedes perder una o dos.

“Un ‘free’ es como tener un noviazgo, sin preocuparme por tener contento a nadie; es disfrutar las mejores partes sin sentirme atada o comprometida”

¿Qué es un ‘free’? Es una relación ―nah… ¿en serio?― entre dos o más personas ―¡ah! ¿en serio?― en la que no existe compromiso, fidelidad y, lo más importante, sentimientos. Una de sus características consiste en que desde un principio se fijan las reglas de la relación. Así, los involucrados pueden elegir días y lugares para sus encuentros y “episodios”, decir qué les gusta y qué no; pero, sobre todo, establecer los límites y… ehm… condiciones de uso.

“¿Un ‘free’? No gracias. Soltar sin compromiso… Jamás lo haré. Si quieren algo así conmigo, que lo demuestren y se lo ganen”

Como en todo, tener o ser un “free” tienes ventajas y desventajas. Veamos las primeras (cabe aclarar que, así como tu free debe hacerlo por ti, es tu obligación responder de la misma manera):

  • Diversión sin compromiso: sal ―o enciérrate― con tu free, que para eso están. Si tienes ganas de ir al cine y no ver la película, o de salir en la noche y aprovechar los rincones oscuros, adelante. Arregla la cita para divertirte un buen rato y luego no hablarse en una semana.
  • Control de temperatura: en temporada de frío ―o de excesivo calor… interno―, llama a tu peor-es-nada para que juntos se ayuden a olvidar todo lo que pasa fuera de la habitación.
  • Servicio de acompañante: si tienes planeado un viaje, evento o excursión, o sólo quieres saltarte un par de clases; pero no quieres ir sola(o), localiza a tu “terapia”, invítalo y disfruten de la oportunidad.
  • Función anti-estrés: si reprobaste un examen, te regañaron en el trabajo, o simplemente sientes ganas de gritar de tanta presión que hay sobre tus hombros. El olvido y la relajación están a una llamada de distancia.

“Un ‘free’ es un cuando dos personas deciden saltarse el drama y van directo al clímax… Literal”

Ahora hablemos de la parte difícil, de las desventajas de este tipo de relaciones:

  • No puedes enfadarte si no te llama en semanas, y cuando lo hace es sólo porque tiene “ganas”. Recuerda que fuera de esas “ganas”, no hay nada que los una.
  • No puedes armar escenas ni reclamarle si es que lo ves con alguien más, pues él(ella) no tiene por qué serte fiel ―ni tú a él(ella).
  • Cuando vaya contigo a una fiesta o evento familiar, no puedes presentarlo como tu novio(a); lo que sólo ocasionará que tus primos y amigos comiencen a hacer suposiciones ―que serán las correctas― y algunos piensen mal de ti.
  • Siempre corres el riesgo de enamorarte y no ser correspondido.

“¿Por qué le llaman ‘free’? No lo entiendo. Todas las que hacen eso… cobran, ¿no?”

¿Cómo hacer que sobreviva una relación así?

  • Lo primero que deben hacer es entender que ninguno de los dos quieren un compromiso, celos, ni darle explicaciones a nadie.
  • Deben ser maduros para hablar de las cosas. Si la idea de ser algo más aparece en tu cabeza, háblalo con tu pareja-de-ocasión. Quizás ha llegado el momento de decir adiós, o de formalizar.
  • Sigan las reglas que establecieron, y estén preparados para separarse cuando sea necesario ―y antes de que sea urgente.
  • No hagan planes a futuro, pues recuerden que nada los une y podrían llevarse una grave decepción.
  • Salgan con más personas, tengan otros “free”. Mantén varias opciones disponibles; esto hará más fácil el momento de la separación.
  • No accedas a una relación de este tipo con la esperanza de que el otro se enamore de ti.
  • NO INVOLUCRES SENTIMIENTOS.

“Yo creo que todos, hombres y mujeres, hemos pensado en tener un “free”. En serio. Sólo que, quizás no nos lo han propuesto de la manera indicada”

En apariencia es como si pusiéramos los sentimientos a un lado, como si jugáramos con nuestras emociones y lo único que importa es divertirse. Bueno o malo, es una situación ordinaria que ya no debería espantarnos. Aceptar o declinar una oferta de “free” es un pensamiento complejo y, como en todo, siempre es la primera vez la más difícil.

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Gracias por leer. Denle manita arriba o abajo según lo crean conveniente. Les recuerdo que e gustaría mucho saber qué opinan acerca de este tema.

Y, aquí a la derecha, está para que le den “Me gusta” en Facebook ―si es que les gusta este blog. De antemano, muchas gracias. ――>

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Lo que no sabías del transporte urbano

3 Oct

ANÉCDOTA

Por fin, luego de dos horas de ducha, peinado y vestido, estás listo para la cita de tus sueños. Juanita Cigüeña aceptó salir contigo después de seis meses de buen amigo. Sólo pensar en ella sientes que el mundo da vueltas, que tu boca se reseca y que las manos te sudan. Sin embargo tendrás que ir en autobús,

No es nada, sólo tienes que salir una hora antes y utilizar el triple de colonia para contrarrestar el aroma a humanidad que se impregnará a ti. Apenas subes al camión te encuentras con un paisaje de saturación y apatía. Avanzas hasta un espacio vacío y te sujetas del pasamanos.

“Qué guapo”, te dice una ancianita que va sentada. Agradeces y desvías la vista. “¿Vas a ver a tu novia?” continúa. Sonríes con nerviosismo. “¡Ah, ya veo! No te apures, uno de mis nietos pasó por algo muy paracido; él…”. Ya no la escuchas, te pones los audífonos con disimulo y llenas tus oídos de música. La viejita sigue hablando; por lo que debes asentir de vez en cuando para que crea que sigues en su conversación. “Carajo”, piensas, “y todo porque no pudiste conseguir el coche.

Descuida, sólo te restan cuarenta minutos de camino.

REFLEXIÓN POSTERIOR

He leído, escuchado ―y comentado― mucho acerca de las carencias del servicio de transporte público. Sin importar la ciudad, la larga, larga lista de quejas es muy parecida; sólo varía en algunos detalles que terminan por ser los que le dan cierta identidad  ―algo así como la leyenda de la Llorona―. El costo, el estado de las unidades, la actitud de los conductores, el costo, la inseguridad, la impuntualidad y el costo, son sólo algunos de los temas de los que las personas, y los blogs, se quejan con frecuencia.

Pues bien, este blog no comulga con esa clase de campañas en contra del servicio. Al contrario, evitaré hablar del deterioro de los vehículos, de la cuestionable capacidad para conducir de los choferes, y sobre todo, no se pondrá en mesa lo referente al excesivo e injustificable costo.

Luego de una exhaustiva investigación, en “El pensar de un panda” se ofrece una pequeña lista de servicios que pasamos por alto, así como ciertas habilidades que desarrollamos al ser usuarios diarios del transporte urbano.

Servicios

  1. Cura el insomnio. Los asientos de los camiones han sido bendecidos por Morfeo. Poco importa a qué te dediques, tu edad o tus problemas, basta con sentarte, y en un período de entre cinco y veinte minutos, caerás rendido en un profundo sueño ―puede variar según la temperatura y la hora del día―; es claro que esto tiene dos intenciones: la primera es ayudarnos a descansar; y la segunda, crear la sensación de que el trayecto no fue tan largo.
  2. Despertador. Los dirigentes de las compañías de transporte hicieron un convenio con el gobierno para ofrecer este servicio. Se trata de la ubicación estratégica de baches, topes, hoyos y banquetas ―¿apoco creías que estaban ahí por accidente?― para que, cuando el  camión pase sobre ellos, tú despiertes y mires alrededor. De esta manera, ayudan a que no pases de largo tu bajada.
  3. Gimnasio móvil. Este servicio sólo aplica cuando te ves en la necesidad de ir de pie. Los choferes han sido instruidos para convertir las calles de la ciudad en rutinas de ejercicio. Por ejemplo: deja que tus bíceps lleguen al límite cuando el autobús tome una curva a toda velocidad; siente la fuerza de tus muslos cada vez que el vehículo pasa por encima de un tope.
  4. Sauna/vapor. Olvídate de pagar en un club por un servicio que en los autobuses, a medio día, es algo gratuito y ecológico. Deja que la suma de calores corporales convierta un monótono viaje en una experiencia benéfica para tu salud. Este servicio depende de común acuerdo de los pasajeros para mantener las ventanas cerradas.
  5. Noticiero. ¿Saliste de casa sin escuchar a Lolita Ayala? ¿No pudiste ver a López Doriga? ¡No importa! Apaga tus audífonos y escucha: el camión es una fuente inagotable de noticias locales, nacionales e internacionales. Aquí, si sabes poner atención, podrás enterarte del acontecer diario de la sociedad. Entérate de resultados deportivos ―con crítica y mentadas incluidas―, chismes de la farándula, clima, notas rojas, etcétera. Sólo recuerda que debes ser discreto, pues muchas de las cosas que se hablan en el interior de los camiones son confidenciales.

Habilidades que desarrollas

  1. Leer los labios. Debido a la cantidad de voces, música y al tráfico, conversar en los camiones se ha vuelto más y más difícil. Sin embargo, esto no es algo negativo, pues ha desarrollado nuestra habilidad para leer los labios de los demás. Piénsalo un poco: cuando alguien te pide que lo dejes pasar o que timbres, ¿lo escuchas o adivinas lo que te dicen? Hay entrenamientos militares para esto, y tú lo aprendiste sin darte cuenta.
  2. Equilibrio superior. Desde que subes, el chofer pone a prueba tu equilibrio reanudando la marcha ―con la puerta aún abierta para mayor grado de dificultad―. Asimismo, las rutas han sido cuidadosamente planeadas para afinar tu estabilidad física. Ejemplo: moverte por en medio de un mar de personas mientras balanceas tu mochila, suéter, audífonos, bebida y comes algo de botana… No cualquiera puede hacerlo.
  3. Razonamiento matemático. Cada vez que pagas el camión, te ves en la necesidad de revisar tu cambio ―ustedes pongan el sinónimo que necesiten― sin detenerte, con el vehículo en movimiento y la respiración de alguien más en la nuca. Esto, inconscientemente mejora tu habilidad para contar. ¿No es cierto? Antes, tardabas cinco o seis segundos para contar las monedas, ahora… lo haces con sólo un vistazo.
  4. Técnicas de supervivencia. Como en todo, los malvivientes y sinvergüenzas ―como los llamaría mi abuela―, aprovechan cualquier aglomeración para hacer de las suyas. No puedes evitar el contacto en los camiones ―varias amigas acabaron por resignarse a uno o dos “rozones” diarios―. Pero eso sí, aprendes a sobrevivir a sus técnicas. Poner tu billetera en el bolsillo de enfrente, usar la mochila en el pecho o guardarte el celular en los calcetines, no es algo instintivo.
  5. Teatralidad. Mi favorito, lo reconozco. Ser usuario de urbanos te convierte irremediablemente en un actor ―tan bueno como para ser llamado a “La rosa de Guadalupe” o “Laura”. Aprendes a fingirte dormido para no ceder tu lugar o a cojear para que te dejen uno; a cargar a un niño de quince años para ahorrarse un pasaje. También están las que aseguran estar embarazadas. Los asientos lo son todo en un camión, y la gente hará lo que sea para conseguirlos.

Por eso, la próxima vez que suban a un camión, no piensen en lo negativo, sino en todo lo que le debes a este servicio. Dile “buenos días” ―o tardes, o noches… no lo tomen literal―, al conductor, porque podemos estar seguros que no ha sido fácil aguantarnos a lo largo de todos esos viajes… y los que faltan.

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Te agradezco la visita y la lectura. Ahora, no te olvides de dejar tu comentario.

Tú ganas; no quiero discutir

21 Ago

LA ANÉCDOTA

Plaza de Armas, en San Luis PotosíAquella noche vagábamos por las tranquilas ―no es sarcasmo― calles del centro colonial de nuestra ciudad. Como de costumbre, el tema de conversación había ido cambiando sin darnos cuenta conforme el pasar del tiempo: comenzamos hablando de cómics y videojuegos, eso lo recuerdo bien ―con frecuencia es el detonante de nuestras conversaciones―; sin embargo, ahora que hago memoria, en algún momento me parece que discutimos algo sobre la educación y política, y del cómo arreglaríamos todo en quince minutos ―cómo buenos mexicanos―; hablamos sobre amigos ―y no tanto― en común, películas, pelirrojas y proyectos a largo, muy largo plazo.

El paisaje amenazaba con pasar a la historia como un domingo cualquiera; como esos días que, antes de dormir, te mientes diciendo: «¡Qué buen día!» y te tumbas a manera de oso perezoso sobre tu cama, con la firme intención de no levantarte hasta después de la una de la tarde del día siguiente ―cuando un día es bueno en realidad, lo menos que quieres es ir a la cama… Bueno, eso depende de la situación; el asunto es que, cuando te la estás pasando bien, lo único que quieres es que el día no termine nunca―. El punto es que cuando llegamos a Plaza de Armas―una de las plazas más bonitas de la capital. Ya sé que casi cada ciudad del país tiene una… ―, caminaba hacia nosotros un grupo de personas, todas cercanas al medio siglo de edad.

“… es que, no puedes discutir con una persona… ¡qué está desnuda!”

Aquella frase, aquel destello de Filosofía urbana enunciada por uno de esos rostros anónimos, perforó nuestra conversación con fuerza, removiendo desde la base cada uno de nuestros pensamientos y, al mismo tiempo, convirtiendo nuestra platica en algo banal, absurdo e intrascendente. Nos detuvimos. Sin importar por dónde se le viera, no había manera de debatir contra tal aforismo, contra aquel destello de sabiduría en la más pura de sus formas.

Recuerdo que nos miramos en silencio durante un par de segundos, sin atrevernos a hacer algo que pudiera manchar el momento. Primero sobrevino una trémula sonrisa, para luego abrir paso a una serie de carcajadas que resonaron entre las calles vacías.

Estoy seguro de que ellos, el grupo de quincuagenarios, entendieron el motivo de nuestra risa; pero fingieron no hacerlo y se limitaron a apresurar el paso para alejarse.

REFLEXIÓN POSTERIOR

En lo personal, creo que dicha afirmación tiene algo de cierto: la persona desnuda tendría la desventaja de… eso, de verse vulnerable. En los libros y películas, cuando inicia una discusión, ocurre una escena muy repetitiva: si el hombre es el molesto/ofendido, se levanta y se pone el pantalón ―el pecho musculoso debe de quedar a la vista siempre―, y hasta entonces responde; en el caso de la mujer: se levanta un poco más lento ―el lector/cinéfilo/televidente debe tener tiempo suficiente para verla bien― y camina desnuda, aún más despacio, para ir por una bata ―que siempre está del otro lado de la habitación y es transparente, o de un color muy claro… por eso del pudor―, y ya cubierta, discute. Un problema a la vez. ¡Ah! Y algunos autores rematan con la frase magistral: «fue entonces que pudo verlo(a) a los ojos». ¿Hacia dónde veían antes? ¿Qué no estaban tan molestos?

Una amiga, a la que ahora llamaremos Ana L. ―no, mejor A. Laura―, se jactaba de haber encontrado la manera en la que su novio no le negaba nunca nada. Lo que sí negaba a compartir era su secreto con los demás ―yo quería saber por mera curiosidad… Y para que no me lo hicieran a mí―. Fue hasta una fiesta, y medio litro de tequila después, que me  llamó aparte y entre frases tontas me confesó: «ya cuando estamos desnudos, a punto de hacer… Tú sabes… ―omitiré relatar la parte en la que trató de decírmelo con mímica―, es cuando le puedo pedir lo que sea». En su momento me pareció una situación por demás absurda; o, quizás, una verdad incómoda. Pero en su método hay dos elementos que saltan a la vista: la desnudez y la ausencia de discusión. Ahora que lo pienso, quizás aquel filósofo urbano era el novio de mi amiga ―espero que no; de lo contrario, me preocupan los gustos y fetiches que pudiera haber tenido.

“… pero, puedes discutir si está detrás de una cortina”.

Dijo un amigo cuando el tema salió a debate en el grupo. Tiene razón, aunque eso ya abandona el tema de la desnudez como tal y entra en el mundo de la especulación.

Imaginarse en una situación así es complicado… e incómodo.

Como podemos ver, la literatura, el cine y la vida misma nos brindan ejemplos que confirman la verdad en las palabras de aquel erudito anónimo. Es una lástima que no sepa su nombre ni pueda recordar su rostro; sin embargo, jamás olvidaré ese aroma a mezcal que lo rodeaba como un aura con manchas negras, símbolo inequívoco de que las moscas supieron antes que yo de su grandeza.

Y reto a cualquiera de ustedes a desnudarse y decirme lo contrario.

¿Necesito decir más?

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Me interesa saber qué te pareció esta publicación; te invito a dejar un comentario, apunte o sugerencia ―bueno… quejas también.

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