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Ni en el día más brillante, ni en la noche más oscura (Green Lantern)

6 Oct

ANÉCDOTA

Un día más que el amanecer te encuentra en el sofá, sentado, mirando infomerciales en la televisión. En tu mano descansa el teléfono, y sonríes con la esperanza de que el nuevo producto que compraste cambie tu vida. “¿No estás cansado de ser un perdedor?”, dijo el presentador. “¡Sí!”, gritaste tan fuerte que tu vecina golpeó la pared para hacerte callar. “¿Quiere verse como yo?”, preguntó el sujeto; y tú asentiste, imaginándote en un crucero por las Bahamas, rodeado de muchachas hermosas y con la fortuna de Monte-Cristo en una cuenta de un banco suizo.

“Sólo debe comprar esto, y le aseguro que sus poderosos magnetos atraerán la riqueza, fama y todo eso que la vida le ha negado”. Apenas escuchaste eso, marcaste el número en el teléfono y ordenaste el Anillo de los Nibelungos, una pieza que fue hecha en lo alto de las montañas del Nilo, fue bendecida por doce Papas y Tutankamon fue enterrado con uno idéntico. Con esas referencias, sabes que no puede ser un fraude. Tu vida está a punto de cambiar.

RESEÑA

Antes de comenzar, una aclaración: la reseña es sobre la película; por lo que no haré ninguna comparación con el cómic ―aparte de que no sé gran cosa―, ni con las diferentes series animadas.

En los primeros dos o tres minutos se cuenta acerca del cómo nacieron, fueron elegidos, crecieron ―¿y se reprodujeron?― los 3600 Linternas Verdes ―¿creíste que el de nuestro sector era único?―, y nos dicen que su poder se basa en la voluntad. Asimismo, nos revelan la existencia de Parallax, una entidad que utiliza el miedo como fuente de energía.

Pero no hay nada que temer, pues un legendario Linterna Verde encerró a esta criatura en un planeta perdido. Así que no hay nada que temer, ¿verdad? Bueno, la respuesta llega pronto: la primera escena de la película nos presenta a tres viajeros espaciales que se pierden y llegan… justo a ese planeta perdido. ―qué conveniente―; donde su miedo se convierte en “alimento” de una extraña criatura ―que parece una mezcla de los dementores de Harry Potter y Megamente―, y resulta ser… ―en serio, si algún día se convierten en súper héroes, maten a sus enemigos; ahórrense problemas.

“Tienen miedo… Bien”

Lo siguiente que vemos es al legendario Abin Sur en una nave espacial; contacta a otro Linterna y se entera de que otro planeta ha sido destruido y de que uno de sus compañeros está muerto. Pero no hay tiempo para llorar, su anillo parpadea, informándole de un peligro inminente ―prefiero el sentido arácnido―. Y Parallax ―que pareciera haber digi-evolucionado―, lo ataca… dentro de su propia nave. No sé si sea por la edad o el factor sorpresa; pero Abin Sur pierde miserablemente y se ve obligado a ir al planeta habitado más cercano.

Bien, a los diez minutos de la película, conocemos a Hal Jordan (Ryan Reynolds), a quien nos presentan como un irresponsable e inmaduro ―todo eso con sólo verlo despertar―. Corre a una prueba de combate aéreo y gana, de una manera poco convencional. En esta parte hay un “flashcbak” hacia su niñez, en donde ve morir a su padre. No reacciona a tiempo, paralizado por el miedo, y el avión se estrella… lo que provoca que lo despidan.

Mientras tanto, Abin Sur cayó en la Tierra ―¿en serio?―, y en Estados Unidos para ser más preciso ―nadie se lo hubiera esperado―; está muriendo, por lo que le dice al anillo que elija a alguien. Así, Hal Jordan se convierte en el primer humano en ser Linterna Verde. Felicidades, viste los primeros veinte minutos.

“En el día más brillante,

ni en la noche más oscura,

ningún mal escapará de mi vista.

A aquellos que adoran el poder del mal,

teman a mi poder:

la luz de Linterna Verde”

Resulta absurdo que a partir de este punto la película se torne lenta y predecible ―Sí, aún más―. La trama es muy simple y los personajes no terminan por definirse; incluso, en lo personal, creo que hubo un abuso en los efectos especiales. Por ejemplo, cuando Hal Jordan viaja a el Planeta Oa, hogar de los Guardianes, creadores del Cuerpo de Linternas Verdes, lejos de mostrar un mundo fantástico, da la impresión de que tomaron alguno de los fondos de pantalla que encontramos todos los días en internet.

Conocemos a Carol Ferris (Blake Lively), la eterna enamorada del protagonista ―y por lo tanto, la que estará en peligro al final―, y al Dr. Hector Hammond (Peter Sarsgaard), quien es amigo de Hal, y también está enamorado de la chica ―por lo que, naturalmente, será el malo de la película―. Todos dudan, incluso él mismo, de que Hal tenga lo que se necesita para ser un súper héroe ―no todos estamos preparados para esa responsabilidad―, lo que provoca que se niegue a usar sus poderes y rechace ser un Linterna Verde ―pero no regresa el anillo… Típico de los humanos.

Luego de escenas llenas de clichés ―aún para Disney―, peleas simples, conversaciones y efectos ―muchos, muchos efectos―. Viene la batalla final contra Parallax en la Tierra, que quiere destruir al nuevo portador del anillo que una vez lo venció ―en serio, si un día se convierten en súper villanos, si ya mataron a su némesis, maten a todos los que puedan; dejen los caprichos para después.

Ingenuo de mí, creí que salvarían la película con este enfrentamiento; que la Tierra se llenaría de Linternas Verdes y que destruirían Nueva York, Los Angeles o Washigton ―como cualquier película de destrucción que se precie de serlo―. Pero no. A esa criatura capaz de derrotar a los más poderosos del Cuerpo de Linternas, al que ha destruido planetas enteros, lo derrotan de una manera tonta y… que ya te esperabas desde la mitad de la película. Los malos se mueren, el protagonista se queda con la chica… Disney lo ha hecho de nuevo.

Ah, y para colmo, durante los créditos muestran a Siniestro ―el nombre ya dice mucho― que se quita el anillo verde de la voluntad y se pone uno amarillo del miedo. ¿Qué pasa? ¡Su traje cambia de color! Es idéntico, sólo que amarillo ―caray, en ese momento tuve la sensación de que había estado viendo una nueva cinta de los Power Rangers.

La película cumple con entretener; pero no vale para verla más de una vez y creo que no hace justicia a todos los fanáticos de Linterna Verde que esperaron casi tres años, desde que fue anunciada. Ojalá que corrijan el camino en la segunda parte, que está anunciada para el 2012. Por lo pronto, ya dijeron que no será dirigida por Martin Campbell.

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Una Tregua con Mario Benedetti

27 Sep

(Con dedicatoria a: Ángela Hernández. Feliz cumpleaños)

ANÉCDOTA

Por fin, luego de 35 años de ponerle las tapitas a los tubos de dientes, ha llegado el momento de tu jubilación. Tienes apenas setenta y dos años: tu vida por delante.

Algunos de tus compañeros de generación están nerviosos y tratan de aparentar una energía que ya no tienen; usan la computadora y traen celulares muy modernos que ni siquiera se atreven a tocar por miedo a romperlos. Ellos no entienden tu sonrisa; no saben cómo interpretar esos momentos en los que te quedas mirando hacia la ventana, mientras el viento ondea ―y se lleva― tu blanca cabellera.

Miras el reloj en tu último día de trabajo. Todos te felicitaron, incluso los nuevos jefes ―mozalbetes recién graduados― te agradecieron por todos tus años de servicio.

Nada de eso importa. Pues, ahora, después de tanto esperar, finalmente podrás dedicarte a lo que te gusta: sexo, drogas y rock&roll.

RESEÑA

En 1960, Mario Benedetti sorprendió al mundo literario con su novela “La tregua”. Una obra de ficción escrita a manera de entradas de diario; en donde se narra un fragmento de la vida de su personaje, desde febrero de 1958 a marzo de 1959.

Tal vez uno de los mayores aciertos de la novela sea su “simpleza” y lo fácil que es identificarse con los personajes. Por ejemplo: Martín Santomé, el protagonista, es un hombre común ―a veces demasiado―, que carga a cuestas medio siglo de canas; es padre soltero de tres hijos ya mayores, y su relación con ellos no es nada buena; está a punto de jubilarse de un trabajo rutinario; y, por si fuera poco, está estancado en el sopor de la adultez, no sabe qué hará después con su vida ―¿te recuerda a alguien?

“Lunes 11 de febrero

Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio? Yo me digo que no, que no es el ocio lo que preciso sino el derecho a trabajar en aquello que quiero.

[…] Cuántas palabras, sólo para decir que no quiero parecer patético.”

La anterior es la primer entrada del diario, en donde ya podemos ver el ritmo y el tono que manejará el resto de la novela. A lo largo de la trama, el personaje nos habla de su familia, de su pasado, sus miedos, de su relación con sus jefes y subordinados; de el mundo que rodea: se reclama, y trata de hacer proyecciones y promesas… sin mucha convicción ―a veces parece un emo-viejito.

“Lunes 18 de febrero

Ninguno de mis hijos se parece a mí. […] Esteban es el más huraño. Todavía no sé a quién se dirige su resentimiento, pero lo cierto es que parece un resentido. Creo que me tiene respeto, pero nunca se sabe. Jaime es quizá mi preferido, aunque casi nunca pueda entenderme con él. Me parece sensible, me parece inteligente, pero no me parece fundamentalmente honesto. […] A veces creo que me odia, a veces que me admira. […] Blanca tiene por lo menos algo de común conmigo: también es una triste con vocación de alegre. Por lo demás, es demasiado celosa de su vida propia, incanjeable, como para compartir conmigo sus más arduos problemas.”

Para su sorpresa, una serie de eventos lo lleva a involucrarse en un romance con Laura Avellaneda, una muchacha de 24 años que entra a trabajar en la misma empresa ―¡oh, amor no conoce de edades! Pero el libido sí…―. Poco a poco, su relación va creciendo hasta que deciden vivir juntos; pero apartados de su casa, para evitar lo que sus hijos podrían decirle ―en un departamento que él rentó para sus encuentros y “episodios”.

“Miércoles 10 de abril

Avellaneda tiene algo que me atrae. Eso es evidente, pero ¿qué es?”

Otro punto a favor de la novela, es su coherencia y verosimilitud ―dilo tres veces muy rápido―. Las entradas varían en extensión, profundidad y temas según el estado de ánimo ―o el nivel de aburrimiento― en el protagonista. Así, a veces nos encontramos días en que describe con detalle cada paso; fechas en que resume todo en una frase; o huecos ―que a veces duran semanas― en los que ni siquiera escribe. Todo esto, dan una imagen muy acertada de lo que es un diario ―y no digo que lo haya tenido.

“Sábado 20 de abril

¿Estaré reseco? Sentimentalmente, digo.

Ellos se refieren a su relación como “lo nuestro”, lo cual funciona como un matrimonio; pero sin papeles. Y, como era de esperarse, Martín Santomé termina por animarse a pedirle matrimonio; con todo lo que conlleva ―como conocer a los padres ¡Chan-chan-chán!―. Los dos hacen planes y se enfrentan a los problemas, internos y externos, que van surgiendo.

“Martes 9 de julio

¿Así que tengo miedo de que dentro de diez años ella me ponga cuernos?”

La historia pinta bien, y parece que Santomé y Avellaneda serán muy felices. Sin embargo, todo comienza a tambalearse cuando ella deja de ir al trabajo, y no va al departamento ―trata de imaginar cuán difícil es planear una boda sin la novia.

“Domingo 15 de setiembre

Ella se ríe. Yo le pregunto: “¿Te das cuenta de lo que significan cincuenta años?”, y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y no me dice nada”.

Y a partir de aquí los dejo solos, pues no quiero arruinar el final de esta obra. “La tregua” no tiene un momento aburrido, pues cada entrada está colocada en el momento y en la forma precisa. Sentimos con los personajes, y nos sorprendemos a la vez que ellos lo hacen. No por nada, esta novela está entre las favoritas de los lectores latinoamericanos y ha sido traducida a una gran cantidad de idiomas. Altamente recomendable.

“Viernes 28 de febrero

[…] Desde mañana y hasta el día de mi muerte, el tiempo estará a mis órdenes. Después de tanta espera, esto es el ocio. ¿Qué haré con él?”

Sobra decir que Mario Benedetti y “La tregua” ocupan un lugar de honor en mi lista de preferencias. Admiro esa genialidad disfrazada de simpleza que encontramos en cada uno de los trabajos del maestro uruguayo.

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