¿Estás list@ para una nueva relación?

14 Ene

Muchas personas (bueno, siete) me han preguntado: “Querido Panda, ¿cómo sé si estoy list@ para comenzar una nueva relación?” A lo que impuntualmente he tratado de dar respuesta, siempre bajo la filosofía panda (la verdad, sólo fueron cuatro personas). Sin embargo, dada la gran cantidad de correos, tweets y mensajes en Facebook, preguntando cuándo volvería El Pensar de un Panda, (vale, vale, fueron dos, pero son mis fans) este blog retoma funciones, compartiendo con todos ustedes las conclusiones a las que llegamos luego de una no tan larga investigación, que incluyó dos programas de Laura, tres “historias” de La Rosa de Guadalupe y medio capítulo de Glee (Ya, lo reconozco. Nadie me preguntó nada. Creo que en realidad nadie lee este blog). Espero que lo disfruten y les sea de utilidad, según sus necesidades (última vez que intentó aparentar que leo los comentarios que dejan aquí o en Facebook. Lo prometo ¬¬).

Cada persona tendrá su opinión (y la mayoría está mal) respecto a cómo debe sobrellevarse un rompimiento; mas, en lo que todos concordamos es en que tarde o temprano debemos volver a la búsqueda del amor.  El problema no es cómo, sino cuándo. Algunos dicen que hay que salir al mundo de las citas desde el siguiente día, o esa misma noche si te es posible. Otros opinan que se debe esperar a que el corazón deje de doler. Incluso he escuchado sobre períodos de luto amoroso, que se expresa en la siguiente fórmula: La = (e+tr)/2p  donde “e” representa la edad en años de la persona; “tr”, tiempo de relación en meses; y “p”, pretendientes conocidos sin importar la sexualidad (en serio, si alguien hace caso a mi fórmula… ni siquiera vuelvan a pararse por aquí).

Pero, como casi siempre, El Pensar de un Panda conjuntó la mayoría de las teorías, opiniones y loqueras en sólo tres puntos fáciles (espero) de entender y recordar, que te ayudarán a darte cuenta de si en verdad estás list@ o no para comenzar una nueva relación.

  • Tu ex, ¿es sólo un ex?

Sé que suena a tontería; pero esto es de lo primero que debes estar segura antes de pensar en dar el siguiente paso. ¿Aún se te escapa un suspiro al ver su foto?, ¿qué tan seguido visitas su perfil de Facebook? (o Twitter, o Tumblr, o Cowbird, o Hi5, o cualquier otra red por donde se pueda acosar a alguien), ¿podrías estar en la misma habitación que él sin temer (o querer) que pase algo entre ustedes?, ¿te preocupa verlo o que te vea con alguien más? Si te pidiera que volvieras con él, ¿lo harías?, ¿lo pensarías al menos?

Vamos a dejar dos puntos en claro: el primero es que un clavo no saca a otro clavo (no me creas a mí; se lo pregunté a un carpintero, y me guiñó un ojo. Tuve miedo.); si quieres que alguien te haga olvidar a otra persona, inténtalo con un perro y no le quites el tiempo a nadie más (a pesar de lo que podría pensarse, esto no tiene dedicatoria). El segundo punto: dicen que el tiempo cura todo. Sí. Pero toma en cuenta que no comenzarás a sanar mientras el puñal siga dentro, y SIEMPRE quedarán cicatrices. Aún así, son preferibles seis meses o más de soltería (soltería, no depresión) a que, por… vulnerable, te vuelvan a sangrar las heridas dos semanas después.

Sólo quien es dueña de sí misma puede entregarse a una nueva relación.

Quién ya no sufra por sus recuerdos, que arroje el primer beso.

  • Sin miedo a la soledad

Terminar una relación nunca es fácil (puede ser necesario o divertido; pero nunca es fácil). En los días siguientes a la ruptura te parece que todas las canciones hablan de él, que las nubes forman su nombre, que las flores tienen su aroma, que las abejas imitan sus ronquidos. Sientes que tus amigos no te entienden y hasta que el Sol te calienta menos. El mundo entero te lo recuerda. Y, ¿qué haces? Naturalmente, te enclaustras en tu habitación, culpas a todo mundo (menos a él) y sufres pensando qué harás ahora que estás sola. Entonces, te acuerdas de Pedrito, el amigo nerdoso que está enamorado de ti desde segundo de primaria, y le tiras indirectas para que te escuche, en el cine, en el antro, en la heladería (sí, yo fui un Pedrito; pero ya no más, desde que compré mi pulsera magnet-marvel por sólo $9.95).

Te diré un secreto: sí estás sola (¡chán-chán-chaaaaaán!) pero sólo porque así lo quieres. Mientras tú no quieras avanzar, poco importa que tus amigos y familia se desvivan tratando de animarte. Ahora bien, muchos entienden la soledad post-relación como una oportunidad para hacer “todas esas cosas que dejé de hacer o que a él no le gustaba que hiciera”; en lugar de aprovechar para reflexionar, para pensar qué hiciste o dejaste de hacer por el bien de la relación. Utiliza esa temporada para recordar y valorar quién eres, qué necesitas, qué mereces, y qué quieres en una pareja (sé realista, por favor). Enamórate de ti misma. La soledad es un arma de doble filo (sí, como el sable láser de Darth Moul); tú decides si la disfrutas, o te quedas en el cuarto oscuro.

“La amo; es una de tantas cosas que tenemos en común”

  • Orgullo y paciencia

Si luego de un tiempo (varía según la persona), quieres aventurarte en una nueva relación, por favor, por favor, ¡por favor!, no cometas los mismos errores. No importa si parece ser todo lo que pediste en un empaque por demás agradable a la vista. Por favor, de verdad, se supone que algo aprendiste. No te presiones; mantente alerta sin importar qué tan delicioso huela. Algo tan simple como conocer bien a los prospectos reduce considerablemente el riesgo de equivocarse de nuevo. Si busca una relación como tú, te sabrá esperar el tiempo que sea necesario (pero no abuses); sólo recuerda que los príncipes azules andan a caballo, mientras que los patanes optan por coches deportivos. Y al revés: en el caso de las damas, hay que ganarse el privilegio de ir por ellas a su casa; mientras que a las otras, es fácil encontrarlas cada fin de semana en la misma parada (es una metáfora). Ten paciencia y ve paso a paso (ya a nadie le importa si tienes cuarenta y estás libre); si todo sale bien, tendrán una vida juntos por delante, así qué, ¿qué importa esperar otra taza de café antes de mirarse a los ojos y decirse al mismo tiempo el primer “te quiero”?

También, ten en cuenta que no todos somos iguales; si Emilio Gabriel te mintió, Roberto Antonio te fue infiel y Steven Alexandro no te llamó a la mañana siguiente, eso no significa que Pedrito haría lo mismo. (Pedritos del mundo, ¡uníos!).

“Me conoce de memoria. No sólo porque nos amamos cada noche, sino porque también conquistó cada uno de mis días”

Nota: esta publicación va dirigida a las personas que ven las relaciones de pareja como algo serio, y no como un deporte de alto riesgo. Está escrito como si fuera para una mujer porque… ehm… me parece que sería más creíble que una mujer preguntara algo así; no porque no haya entre mi género alguno que quiera saber, sino porque al único que le comenté mi intención de escribir esta entrada respondió: “¿Cómo saber si estoy listo para una nueva relación? Fácil, nada más checó si me quedan más condones”. No revelaré su nombre sólo por cariño (del bueno) a su novia, que sé que siempre lee este blog (o al menos eso me ha hecho creer. Aunque no te creo, Paty).

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El Panda vuelve, y no queda más que soportarlo (o ignorarlo. Es lo que yo haría).

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Ser o no ser… la mujer perfecta

24 Abr

Situémonos en uno de los clichés de las telenovelas ―refritos― “orgullosamente” mexicanas: vemos a una mujer humilde que vino a la ciudad desde un lejano pueblito, buscando un trabajo honrado que le ayude a mandarle dinero a tu necesitada familia; sin embargo, la gente la recibe con rechazo, o indiferencia cuando tiene suerte. Pasan los capítulos, hasta que encuentra espacio como sirvienta en casa de una de las familias más importantes del país ―de esas mansiones que siempre ocupan más personas a quienes gritar― y… no tarda en caer enamorada de Víctor Eulalio Alfonso De la Garza y Garza Villalba, hijo mayor del alcalde. Un amor imposible… en apariencia, pues gracias a un buen número de situaciones convenientes, él descubre que ella es hermosa, divertida y ¡le corresponde! Como era de esperarse ―es casi obligatorio―, su padre la odia y la mira hacia abajo, como una malagradecida ―¡ah!, y a cada oportunidad trata de seducirla―, su madre jura que, sin importar qué tenga que hacer, no dejará que estén juntos, la hermana no la baja de una ofrecida, se burla de la pobre pueblerina con sus conocidas y la tacha de “naca”, y, para colmo, sus propias amigas no le creen que lo que siente es amor de verdad, pero le aplauden porque encontró la manera de salir de pobre. Luego de una sarta de escenas muy emotivas y frases melosas, a la trágica pareja, no les queda otra opción que la de huir juntos y ser felices para siempre en otro lugar. El amor triunfa, los televidentes lloran. Pero, algo pasa: tú no te quedaste tranquila, sino molesta, preguntándote por qué a ti no te pasa algo así, tratando de saber qué te falta para ser una mujer como ella, para que un hombre como ese.

Siempre pendiente a las necesidades sociales, “El pensar de un Panda” te trae la Guía del Panda para ser… la mujer panda, digo, perfecta ―que es lo mismo―; para que ya no sufras con patanes y puedas presumirle a tus amigas que Cupido sí existe. Luego de una ardua, extenuante y somnolienta investigación, este blog ha condensado las novecientas setenta y dos cosas que los hombres buscan en la mujer perfecta, en sólo doce puntos ―pero enlistamos sólo diez porque… bueno… la censura…

PRINCIPIOS BÁSICOS

  • Por los sentidos, no por el estómago

Aceptémoslo, solo en la memoria de nuestros abuelos persiste la idea de que la mujer perfecta es aquella que sabe cocinar, lavar, planchar, limpiar y estar callada al mismo tiempo que atiende al marido ―y que tiene las caderas anchas para cuando se embarace―. Olvídalo; ahora la tienen más difícil. Al varón “moderno” ―heterosexual-no-machista, para ser más específico― no le preocupa que su pareja sepa tender una cama, cuánta agua se le pone a la lavadora o a qué hora hay que apagarle a los fríjoles ―aunque dichas habilidades unisex nunca dejarán de significar puntos a favor―. Hoy en día, la mujer perfecta es la que logra cautivar cada uno de los sentidos; la que divierte e incita con su forma de ser; la que provoca necesidad de verla y ansiedad al sentirla lejos. La mujer ideal ―mujer panda, para fines prácticos― lo es desde su actitud, desde dentro. Trata bien a tu pareja, diviértanse; recuerda que las mejores relaciones ―las que duran― se basan en la mutua capacidad para hacerse reír. ―Aunque, si él es adicto al internet, hazle un sándwich… te pedirá matrimonio ahí mismo.

  • Los juegos del hombre

La mayoría de los hombres se declaran fans de las mujeres que se lanzan al ruedo sin temor al qué dirán; aseguran ―en sus cuentas de Facebook― que no les importaría que sean ellas quienes tomen la iniciativa en una relación. Esto, en la mayoría de los casos, es falso. Decía mi abuela que el hombre es un cazador por naturaleza; y esto, aunque quizás suena anticuado ―la frase, no mi abuela― tiene mucho de verdad. Entre hombres siempre estamos compitiendo, a veces inconscientemente, aunque tratemos de ocultarlo ―y competimos por quien lo oculta mejor―. Yo no digo que te limites, mujer, y que esperes sentada a que ese chavo que te gusta se arme de valor ―o de alcohol― y vaya a invitarte a salir, porque podrían faltar muchas noches solitarias para eso. No. Simplemente dale ese empujoncito que le hace falta con tu actitud, con una mirada, un roce; válete de tus artimañas y encantos para que él recupere un poco de la seguridad que tu belleza le arrebató ―awwww―. Déjalo ganar; dale algo para presumir, una historia para contar a sus amigos del cómo conquistó al amor de su vida.

  • Tanto tiempo, tanto espacio, y coincidir

―Ya sé que es la letra de una canción―. Es muy tierno cuando tu pareja cancela un compromiso o falta a una clase para disfrutar ese tiempo contigo… Lo sé. Pero hay que saber controlarse y mantener bien claras las prioridades, y comprender las de nuestro “peor-es-nada” ―¡ah, auto-pedrada!―; de lo contrario, puedes perder más de lo que ganas.  Lo maduro es tomar las cosas con calma ―controlar la hormona, como diría una amiga― y encontrar los momentos adecuados para verse. No es fácil… Lo sé, mas es lo correcto. Piénsalo un poco: si repruebas o te corren del trabajo por una calentura, perderás más tiempo y no tendrás nada qué ofrecerle más adelante a tu pareja. No por fuerza lo que llega caliente antes de treinta minutos es lo mejor; lo bueno se hace esperar.

  • Mujer de mala memoria

Nada, repito, nada es peor en una relación que las comparaciones. Dicen que el caballero no tiene memoria; pues bien, las damas tampoco deberían tenerla. Pocas cosas son tan “mata-pasiones” como los comentarios del qué, cómo, cuándo y dónde hacía algo tu anterior pareja; y peor es que le digas a tu novio, como no queriendo, que el otro lo hacía mejor que él. Hay un dicho muy mexicano, que originalmente es parte de una canción ―sí, sí… ya le voy a parar con eso de los dichos― que dice: “La chancla que yo tiro, no la vuelvo a levantar”. ¡Hazlo! En serio. No la recojas. Caray… ni siquiera voltees a ver si alguna pepenadora la recogió. Cuando comiences una relación y aún no hayas dejado atrás tu pasado, tienes dos opciones: acaba tu nuevo romance hasta que estés lista, o finge, por la tranquilidad de tu nuevo novio, que todo lo anterior a él se te olvidó. Él te lo agradecerá.

  • Una mejor amiga y no una segunda madre

Es agradable sentir que alguien se preocupa por ti ―de la buena manera―; que alguien se pregunta si dormiste bien, si traes suéter, si ya te recuperaste de la gripe o si no andas demasiado ebrio para manejar hasta tu casa. Es lindo sentir ese apoyo. Pero ese mismo gusto puede convertirse en algo incómodo si eres de las personas que llaman cada diez minutos para saber en dónde y con quién anda y a qué hora va a regresar; o mandas un mensaje que es a la vez un “terminamos” y una sentencia de muerte sólo porque tu novio no respondió a una de esas llamadas ―sin detenerte a recordar que a esa hora está en el trabajo o escuela―; o lo acusas de serte infiel porque se escuchó una risa de mujer del otro lado de la línea. Tómate un respiro. Recuerda que eres su pareja, no su madre para tratarlo como un niño pequeño. Con estas actitudes no querrá que lo acompañes ni a la esquina, y lo más seguro es que te mande a… hasta donde ya no tiene recepción el celular.

  • Afloja un poco la correa… No, no tanto

Hay mujeres que llegan a ser muy posesivas ―espero no sea el caso― y quieren tener a su pareja junto a ellas tanto tiempo como les sea posible. Esto, aunque romántico en apariencia, no es sino una gradual tortura silenciosa… que deriva en tedio o aburrimiento. Vale, exageré un poco. Debemos entender que los dos tenían una vida antes de iniciar la relación, y ésa no se detiene sólo porque te gusta tenerlo cerca. Recuerda que hay amigos ―y amigas, aunque te moleste―, sesiones de trabajo, proyectos escolares, reuniones familiares o simplemente el deseo natural ―porque es natural, y sano― de a veces estar solo; y como la mujer perfecta que eres, debes aceptarlo. Dale su espacio y que respete el tuyo; esto hará que esas veces que se vean, sea porque los dos quieren y lo disfrutarán mucho más. En un principio te mirará con desconfianza, y se alejará despacio, tratando de adivinar tus oscuras intenciones, sin dejar de verte, como un niño pequeño que tiene miedo de que su mamá lo abandone en el supermercado. Luego, de repente, jala la correa sin previo aviso y hazlo que pase todo el día contigo, recuérdale que eres su pareja y que no debe dejarte sola para irse con sus amigotes ―el drama es bueno en pequeñas dosis―. Este juego lo mantendrá confundido e interesado, creyendo que goza de una libertad… que ya no tiene.

  • Al lado de todo gran hombre…

Ya se ha dicho que el varón es competitivo con sus semejantes, así que no debería sorprenderte que en ocasiones quiera mostrarte como un trofeo; y es que en cierta medida lo eres para él. Hay que tener en mente que el amor tiene un alto porcentaje de admiración. No me crees, piensa en esa persona a la que amas y la larga lista de virtudes que ves en él, en el cómo a veces te da la impresión de que tiene más talento que cualquier otro; recuerda esa ocasión en la que te pareció que va a ser el siguiente Steve Jobs, sólo porque instaló el antivirus en tu computadora, o el siguiente Cristiano Ronaldo porque le metió un gol a su sobrinito de tres años. Si crees que tu amigo, novio o esposo es el hombre perfecto, dale motivos para estar orgulloso de ti, para sentirse afortunado de tener a una mujer como tú a su lado. Descuida, no tienes que esforzarte mucho, pues si te ama tanto como tú a él, te aseguro que te considera la mejor cantante del mundo desde esa vez que le cantaste “Las mañanitas” por teléfono ―el problema con el amor no es que sea ciego, sino que le nubla la vista al que lo padece también.

  • Los tuyos, los míos, los nuestros

Hay dos capacidades que nos delatan como humanos ante el resto del universo: la de soñar y la de equivocarnos. En ambos casos, la presencia y el apoyo de una pareja es muy importante. La mujer perfecta sabe cuáles son los sueños y ambiciones de su cónyuge, y a pesar de que algunas de ellas puedan parecerle tontas  ―como convertirse en jedi o salvar a la Tierra Media― las respeta y trata de mantenerlo motivado. Pero, a la vez que lo alientas a ser mejor día a día, déjalo que él te ayude ―cuando menos intente ayudarte― a alcanzar tus metas. Una mujer sin sueños ni ambiciones termina por aburrir a cualquier hombre… que sí los tenga.

  • Tratado de libre comercio

Habla, mujer, habla. Cuando algo esté mal, cuando algo no te guste o cuando quieras algo en particular, díselo a tu pareja, por favor. Sí, es muy romántico que él te adivine el pensamiento y te sorprenda con una caja de chocolates o un panda de peluche que te haga recordarlo por las noches; pero ese grado de comunicación casi telepática sólo se consigue luego de mucho diálogo y convivencia. Comienza despacio, con lo básico: déjalo que sepa qué te gusta y qué no; si durante los primeros meses de la relación sientes que algo falla o una actitud suya no te agrada, díselo; si estás muy enojada, triste, sensible, incómoda, lo que sea, y él te pregunta qué tienes, muérdete el orgullo y trata de explicarle sin rodeos qué está pasando. De esta manera, en poco tiempo él será capaz de entender tus silencios, de adivinar tus deseos y de interpretar tus miradas. A cambio, vas a ver cómo él se abre más contigo, facilitándote más las cosas.

  • Siempre hay un roto para un descosido

En este punto se supone que deberíamos hablar sobre las cuestiones de belleza y sexualidad; pero cada persona tiene gustos ―y fetiches― diferentes, en ambos aspectos, por lo que nunca acabaríamos. Es común ver por la calle a una pareja en la que no puedes evitar preguntarte ¿qué demonios le vio?, o ¿cómo alguien así puede tener novio y yo no?; pero tenemos que estar consciente de que la percepción de la belleza es cien por ciento subjetiva. Dicho de otro modo, la belleza está en los ojos del que la mira. No te sientas mal porque el vampiro brilloso no te voltea a ver, pues quizás te hubiera tratado como a una sirvienta o una más de su harén; da un vistazo a tu alrededor y date una oportunidad con un duende o algún troll. Recuerda que a veces los sapos se convierten en príncipes. Parte crucial de ser una gran mujer, es tener la capacidad de saber reconocer a un gran hombre. ―¡Porque aún hay… esperanza!, lo siento, me traicionó el fanatismo Simpson.

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¿Has escuchado “El ruido de las cosas al caer”?

6 Mar

ANÉCDOTA

“He llegado ese momento de mi vida en la que me siento más cerca de los cuarenta que de los quince años. Esa inevitable etapa de la existencia cuando evito mirar los aparadores, no porque nada me llame la atención, sino porque temo al reflejo que inevitablemente se asoma ―y que a veces hasta se burla de mí―. «Lo lamento, viejo amigo», parece decirme, «pero detrás quedaron las fiestas de cada fin de semana, las apuestas de quién puede emborracharse más y el reto de ir con resaca un lunes a la escuela sin que nadie se dé cuenta». Tiene razón. Ahora ―si bien me va―, visito el bar para pedir el baño o el teléfono, y el reto de cada lunes es llegar quince minutos tarde sin que mi jefe se entere. Soy una vergüenza.

Cierro la puerta de coche y, mientras acomodo el retrovisor para no verme la calva ―sin albur, gente―, me pregunto en dónde quedó la emoción que te daba tomar el volante, a dónde se fue la sensación de invencibilidad que me causaba tener relaciones con Xenaida ―o cualquier otra muchacha que estuviese suficientemente borracha, o que hubiera perdido una apuesta―, y a dónde carajos se fugó ese Yo-interno que tan bien me hacía, que me impulsaba a vivir al máximo”.

«Caray… y eso que no has cumplido siquiera la mitad de tu esperanza ―¿condena?― de vida… », comentas al dar vuelta a la página y decides que mejor leerás otra novela.

Bien, déjame sugerirte una.

RESEÑA

El ruido de las cosas al caer” es una novela escrita en primera persona ―el narrador es el protagonista, pa’que me entiendan―, del escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez; ganadora del “Premio Alfaguara 2011” ―lo cual nos asegura una buena lectura.

“Nadie sabe por qué es necesario recordar nada, qué beneficios nos trae o qué posibles castigos, ni de qué manera puede cambiar lo vivido cuando lo recordamos”

La historia comienza cuando dicen en las noticias que un hipopótamo escapó de un zoológico muy especial, un zoológico que era lo último que quedaba de la casa abandonada de un antiguo jefe narcotraficante de Colombia; esta escena funciona como gatillo en la memoria de Antonio Yammara, el protagonista ―sí, bueno, no es una imagen que se vea a diario… alguna reacción debía provocar―, quien, a partir de este momento, nos invita a acompañarlo en su lucha contra su pasado, mientras relata un fragmento de su propia vida y decadencia ―¿Acaso no suena tentador?

“Esta historia, como se advierte en los cuentos infantiles, ya ha sucedido antes y volverá a suceder”

Desde su primer encuentro con Ricardo Laverde ―el apellido ya nos da una idea…―, el narrador se da cuenta de que su nuevo amigo tiene un secreto, o más ―¿quién tiene sólo un secreto?―. Y, como era de esperarse ―en una persona sin vida propia―, se interesa por la misteriosa existencia de Laverde. Esta curiosidad se incrementa cada vez que se encuentran en el billar, y se transforma en una obsesión el día en que asesinan a Laverde ―y de paso lo balean a él.

“Las cicatrices son elocuentes”

Convencido de que resolver el misterio que se esconde en la muerte de Laverde le hará ver qué debe hacer con su propia vida ―es lógico, ¿no? La mejor manera de entenderse a uno mismo, es meterte en los asuntos de los demás. Jajajajajá―, Yammara comienza una investigación que lo lleva hasta los años setenta, cuando una generación de “idealistas”  iniciaron un negocio que acabaría por llevar a Colombia, México… a toda América Latina ―sino es que al mundo―a las fauces del lobo ―les dije que el nombre ya daba una idea.

“Su cara era como una fiesta de la cual ya se han ido todos”

A pesar de que no soy fanático de las novelas que tratan asuntos como el narcotráfico, la violencia de género, episodios absurdos de sexualidad, y esos temas que inundan los noticieros―y cada vez es más difícil encontrar textos libres de esa influencia―, El ruido de las cosas al caer me dejó un buen sabor de boca ― además de los ojos rojos y la sensación de que puedo volar…―; pues, si bien toca esos asuntos, lo hace de una manera elegante y se limita a lo necesario. No subestima al lector y lo deja que saque sus propias conclusiones sin que la historia pierda fuerza.

“No hay manía más funesta, ni capricho más peligroso, que la especulación o la conjetura sobre los caminos que no tomamos”

Al terminar de leerlo me enteré de que esta es la quinta novela de este autor, así que aún tengo mucho que leer ―y aprender― de él. Lo recomiendo ampliamente.

Mamá, quiero ser un “Hipster”

25 Dic

Yo sé que tú eres de esas personas que se interesan por el acontecer diario, el arte y la cultura―ajá…―; y, por lo tanto, no temes apagar la televisión en medio de la telenovela, el partido de fútbol o la computadora ―luego de leer “El pensar de un panda”, claro está― para asistir a conciertos de música clásica o bandas nuevas e independientes, presentaciones de libros, galerías itinerantes de escultura, fotografía y pintura, lecturas de poesía con o sin performance, y nunca te pierdes un seminario sobre la filosofía de la “prole” en el siglo XVI. Pues bien, déjame decirte que no estás solo en el mundo―no eres nada especial, ni te emociones―, mira a tu alrededor y date cuenta de que sólo eres un “hipster” más―¡uuuuuh!, qué mainstream eres.

Los “hipsters” son una de las más peculiares ―y curiosamente de las más abundantes― tribus urbanas que abarrotan las calles. Son aquellas personas que presumen de tener gustos que se empeñan en encasillar como alternativos: escuchan música independiente, leen mucho y de todo, se precian de ser cultos ―gracias, National Geographic e History Channel― y visten, según ellos, por encima de la moda ―aunque caen en lo retro―. Es por esto que El pensar de un panda ofrece a continuación la “Guía del panda para ser… hipster” ―pero… seguir guías es taaaaaan ordinario.

PRINCIPIOS BÁSICOS

Sobra remarcar que las reglas son para la “borregada”, y que un buen “hipter” hace las suyas en base a su sobrada experiencia y riqueza cultural; sin embargo, también hay que recordar que la cultura y las artes se fundamentan en reglas y estándares, y que es cuando el artista sobrepasa esos límites que se consigue una obra maestra ―oh, soy tan culto―. Así, esta parvada urbana se podría resumir en una regla: se  debe conocer lo ordinario ―a lo que llaman “Mainstream”―, pero estar a la caza y saber apreciar lo diferente. Suena sencillo, ¿verdad? Luego de una larga ―estaba jugando el demo del Diablo III mientras la hacía― investigación, presento ocho aspectos que aquellos que deseen formar parte de este grupo no pueden pasar por alto.

  • La ropa hace al gato

Vivimos en un mundo que se rige por el “como te ven te tratan”, y nadie te reconocerá como “hipster” por la blancura de tus dientes, el reloj que te cuelgas al cuello o por la mancha de cátsup en tu corbata. Tu vestimenta debe reflejar el caos interior que te roba el sueño; debes decirle al mundo que vistes libre porque no te importa lo que piense de ti, siempre y cuando sean cosas positivas; porque si alguien piensa mal de ti, te sentirás mal y para vengarte harás como que no te importa ―la sociedad no debe entenderte, pues ni tú lo haces la mayor parte del tiempo―. El atuendo hipster por excelencia es la apariencia retro ―asalta el ropero de la abuela―: combina la mayor cantidad de colores, diseños y texturas en ropa de segunda mano o de un diseñador que apenas comience ―recuerda que las grandes marcas son el enemigo―. Sin embargo, lo más característico de los miembros de esta tribu en la actualidad son los lentes de montura gruesa ―que tengan aumento (o sentido) es opcional―, así como el peinado estilo barquillo-de-helado, ―que te hará resaltar en las conferencias de los antropólogos a favor del uso de los focos de 45 watts― y, por último, pero no menos importante, tu sombrero de detective mal pagado… o cualquier gorra, el punto es tener algo que quitarte para cuando hagas como que estás pensando. Ahora ya tienes el look adecuado para escapar de la corriente.

  • La hipsti-cueva

Esta es una de las mayores libertades a la vez que preocupaciones en el mundo alternativo. Un hipster puede vivir en cualquier lugar y excusarse… digo, estar orgulloso: si tu domicilio es en las zonas privilegiadas de la ciudad, puedes afirmar que eres de gustos refinados y selectos; mientras que, si vives en colonias de escasos recursos, dirás que “eres muy experimental y te gusta convivir con todos, sin discriminar, porque estás harto del clasismo impuesto por el gobierno y los medios de comunicación” ―o cualquier otro sermón que aburra al oyente. De nuevo: el sentido es opcional― . Pero eso sí, tu hogar debe estar decorado del suelo hasta el techo con ilustraciones simbólicas, arte abstracto, pinturas y fotografías de tus amigos artistas y centenares de frases poéticas escritas con mil y un tintas y colores ―su favorita es la fuente Helvetica―. Tu casa, como tu vestimenta, es un reflejo de tu Yo innovador y rebelde, al mismo tiempo que revela tu Yo sensible que sólo quiere ser aceptado por los demás.

  • El soundtrack perfecto

Otro accesorio que delata a los hipster son los audífonos, que pueden ir desde los tamaño chicharo hasta antena parabólica; y la razón es simple: no pueden vivir sin música. Pero no creas que los verás cantando el nuevo éxito de Daddy Yankee o lo más nuevo de La Tigresa del Oriente, no, ellos pensarán en una mezcla absurda de géneros ―algo como mariachi-tribal-electro-neutropop―, buscarán entre los países menos conocidos, al artista menos popular y la elegirán como su nuevo máximo ídolo. Que no te sorprenda escuchar a un hipster hablando de un grupo de Papúa Nueva Guinea que canta en nahúatl sobre la deshonra a la gran diosa de las termitas. Para ellos, entre menos personas conozcan a su cantante, lo hace más y más extraordinario.

  • Dime cuánto lees y te diré quién eres

Atrás quedaron los tiempos en que la lectura era sólo un placer/pasatiempo de algunos; los verdaderos hipsters quieren leerlo todo y la mayor cantidad de tiempo que les sea posible. El individuo de esta sub-raza se interesa por cualquier tema y se convierte en un sabelotodo ―las pláticas entre los hipsters van desde el auge económico de China hasta el si es o no cierto que las flores crecen más si les dices palabras bonitas―. Tu obligación es estar preparado para hablar de todo y en el momento menos pensado. Piénsalo un poco: ¿de qué te sirven esas gafas y el sombrero, si al abrir la boca delatas tu ignorancia? Lee, lee y recuerda que entre menos conocido es el autor, mejor para los propósitos hipster.

  • Fan del séptimo arte, pero primero el arte.

A ti no te importa quien ganó el Oscar, eso es muy de los ordinarios, de los borregos que siguen las tendencias que los medios de comunicación dirigen. No, lo hipster son los Cannes y el Festival de Sundance, es ir al apartado de “Cine de arte” en Blockbuster y rentar seis o siete películas al azar; no importa el actor, director, muchos menos el año en que se hizo la película, lo que cuenta es que, mientras los demás hablan de Harry Potter, Crepúsculos y Los Vengadores, el hipster hablará de una estupenda cinta norcoreana ―que seguramente no entendió, pero que recitará de memoria la sinopsis que leyó en la parte trasera de la caja.

  • Cuida lo que sale de tu boca

Aunque el hipster promedio lo niegue, su intención es convertirse en líder de opinión. Y tú quieres ser uno de ellos, así que debes mantener un nivel de cultura muy por encima de la media; y hablar/escribir de acuerdo a ello. En esta especie no tienen cabida los que escriben así: “ezzzzSSSStuVo zUPppper”, ―cada vez que pones un acento, un árbol revive. Únete a la campaña―. De manera que, si eres de los que dicen “oistesss”, “pensastesss”, “ta’ rechulo” o “yatu sabe'”, temo decirte que deberías de tirar tu intención al retrete, porque te arriesgas a la humillación pública y al rechazo psicológico cuando intentes acercarte al grupo hister de tu cOmUniDAaH.

  • Alta vida social

Reúnete con tus amigos pseudo-intelectuales cada dos días en un café o un bar temático en donde puedas platicar ―Starbucks es el más habitual― y hablen muy alto sobre cine, literatura y música; comparen grupos y conocimientos; lean haikús e improvisen una velada bohemia a la luz de la luna y la mirada confundida de los meseros. Es su deber vanagloriarse de su cultura y compartirlo con el resto del mundo. Ah, pero tampoco debe faltar el que hagas burla de las personas de mente inferior que te rodean: mófate del tipo que pone canciones de Andrea Bocelli en su computadora, del que trae la Novena Sinfonía de tono en el celular y del que está leyendo a Paulo Coelho ―ehm… con este último ensáñate lo más que puedas.

  • Ser o no ser… esa es la cuestión

Ahora que ya haz cumplido con los puntos anteriores, debes es negarlo todo. Un verdadero hipster no se declara como tal porque sería encasillarse en un arquetipo ―y ellos están en contra de eso…―. Aunque también, si afirmas que lo eres, y lo eres en realidad, entonces estás orgulloso de ti mismo y de quién eres; pero estar orgulloso de ti mismo es lo que promueven los medios, por lo que es  muy mainstream, así que no es hipster; aunque dado que ser hipster está de moda en estos días, se necesita no serlo para entonces ser un verdadero hipster. Sin embargo, si eres hipster, estás de moda, así que en realidad no lo eres.

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Espero que te haya gustado esta entrada. Y ya sé que pedir que opines, califiques y compartas este blog es muy mainstream y no debería hacerlo, pero igual lo haré porque sé que esperas que no lo haga. Y no olvides darle “Me gusta” en Facebook ―está por acá a la derecha…

Gracias por leer, ya casi llegamos a las 3000 visitas, y a los 300 seguidores del blog.

Siempre el mismo día (One day)

6 Dic

ANÉCDOTA

Te observas en el espejo y suspiras. ¿Qué tienes para ofrecerle?, ¿qué puedes darle tú que nadie más en el mundo?, te preguntas y los dos, el reflejo y tú, guardan silencio. Es tu amiga desde la infancia, casi aprendieron a caminar juntos y desde entonces han sido inseparables… bueno… casi inseparables, ya que ella se desaparece ―y tú tienes la cortesía de no buscarla― cada vez que tiene novio. Conoces su vida con detalle, y sientes que eres el único que podría hacerla tan feliz como ella merece; pero la oportunidad de ocupar ese sitio se te niega desde siempre.

Ahí va ella, con el bueno de Indalecio ―su novio en turno―, te saluda desde lejos y te manda un beso; el tipo sólo te mira con desprecio ―es casi mandamiento que el novio odie al mejor amigo de su novia―. Los rumores dicen que están a punto de cortar… de nuevo… y estás decidido a aprovechar ese momento para confesar todo lo que has callado desde que la pubertad te hizo quererla en lugar de jalarle el cabello.

Antes de que te arrojes cual kamikaze a aquel campo minado ―temed a la “friend-zone” más que a la indiferencia―, te recomiendo que la invites al cine a ver está película; pues estoy seguro que te ayudará.

RESEÑA

Muy bien, no sé cómo empezar a comentar una película que, en teoría, aún no está en las salas de cine. Sin embargo, no es mi culpa que “Siempre el mismo día”, (One day), basada en la novela homónima de David Nicholls, ronde ya por los mares de la red; ni que alguien a quien aprecio mucho me la haya recomendado ―según ella, porque la protagonista es una escritora ¬¬.

“Está bien debatir; pero cualquiera puede hablar. A veces se necesitan acciones para cambiar el mundo”

“Siempre el mismo día“, nos cuenta la historia de dos personas casi opuestas. Por un lado, tenemos a Emma Morley (Anne Hathaway), una muchacha introvertida, idealista y de origen humilde; y por el otro, a Dexter Meyhem (Jim Sturgess), un hijo de familia acomodada, fiestero y muy, muy relajado. Una situación simple los reúne, y terminan en el departamento de ella. Aunque de entrada parece que se trata de la típica telenovela mexicana, la trama da un giro sutil, pero contundente, y ellos comienzan… una relación de amistad; misma que veremos cómo se desarrolla, entrelaza, divide, reinicia, sacude, crece y se tambalea―como casi cualquier amistad―, a lo largo de 20 años. Mas, la historia se enfoca en lo que sucede con ellos justo durante los aniversarios de ese 15 de julio, el día que se conocieron.

A la siguiente escena, ha pasado un año y vemos que siguen siendo amigos ―de esos amigos que hablan y lo saben todo uno del otro―. La vida, sus sueños los llevan a diferentes senderos y muy pronto se dan cuenta de que nada es tan fácil como aparenta: ella termina trabajando en un restaurante de comida mexicana y él es un productor de televisión en entrenamiento. La aparente simpleza del argumento hace que la película te mantenga entretenido, así como el ver reflejadas ciertas actitudes y destellos en el modo en que se tratan el uno al otro; algo que todos tenemos para con alguien ―y que con frecuencia jugamos a negar.

“Me encantaría ir; pero, después del trabajo me gusta ir directo a casa, comer… llorar”

A lo largo de la película vemos, en los 15 de julio, cómo va evolucionando su relación, cómo se siguen buscando en sus momentos de alegría y de tristeza; pero, sobre todo, vemos cómo no pueden evitar decirse con la mirada cosas que no se atreven a expresar con palabras; además de que sus amigos y familiares se burlan y presionan con “para cuándo” o  “¿por fin son pareja? ―¿está situación no te resulta conocida?. Incluso llega a un punto en que, con alcohol fungiendo de celestino, se confiesan que años atrás, durante la universidad, se gustaban mutuamente; sin embargo, la situación se viene abajo debido a la misma inseguridad de los dos, al hecho de que, a pesar de tener edades similares, sus vidas han sido muy diferentes y no buscan lo mismo en ese momento.

“―Todos están perdidos a los veinticinco años.

―Tú no; productor de TV en entrenamiento, nuevo departamento, reproductor de CD, sexo grupal martes y viernes…

―Sí, pero, tú sabes… estoy llorando por dentro”

Crecemos junto a los personajes en el sentido de que se nos explican los pensamientos ―y otros miedos― de cada uno. Los vemos atravesar etapas difíciles que los hacen madurar, cambiar, que provocan que sus sentimientos vacilen y sólo traten de encontrar a quién echarle la culpa y con quien “consolarse”. Algo que, en palabras de una amiga ―sí, te voy a quemar― sólo puede explicarse como “el típico momento de estupidez que siempre viene luego de no ser correspondidos, en dónde te aferras a lo primero que se pone enfrente“. Yo le dije que eso era más bien despecho, ella insistió que se trata de estupidez post-amor… El punto es que ―volviendo a la película― da la sensación de que la idea de quedarse solos o de no estar seguro de lo que quieren los lleva a tomar decisiones que ponen su relación en peligro.

“Si pudiera darte un regalo, uno sólo y para el resto de tu vida, sería confianza en ti misma… Eso, o una vela aromática”

No voy a decir nada sobre el final, o sobre el mensaje que deja; porque entonces, además de haberla visto antes de lo debido y en donde no debí, haría “spoiler” y eso es demasiada carga para mi consciencia ―sí, ¡ahora tengo consciencia!.

En resumen: no diré que la película se convertirá en un éxito taquillero ni que es de lo mejor en el 2011 ―aunque sí está por encima de la media―. Pero, la historia vale la pena ―apenas estoy leyendo el libro― y cumple con su objetivo de mantenerte despierto y atento. De igual manera, y como en casi cualquier comedia romántica, está abarrotada de drama y de situaciones predecibles, que, sin embargo, al final no le restan calidad. La recomiendo, vayan a verla… al cine ―¡Di no a la piratería! Y así cumplí mi servicio mensual a la comunidad y ya no me siento culpable.

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Me interesa mucho conocer tu opinión: comenta, califica y comparte este blog.

Cuidado, “Mirrey” abordo

6 Nov

Vivían escondidos en sus madrigueras de mármol y vitrales; mientras la sociedad se preocupaba de los “Emo” y los “metrosexuales”, ellos se mantuvieron a la espera, observando con detenimiento nuestra reacción ante las nuevas modas y tendencias tribales. Fueron inteligentes: su ataque fue sutil, imperceptible; salieron, uno por uno, de sus cuevas de cantera; pronto se convirtieron en clientes habituales y preferidos de antros, cafeterías y salones de fiesta a través de un derroche económico sin precedentes ―la conquista hormiga siempre funciona―; poblaron las redes sociales con sus fotos, y se comunicaban con un lenguaje críptico. Para cuando nos dimos cuenta de sus planes, era tarde. Es un hecho: los “mirreyes” están entre nosotros.

Pero, ¿qué es ser un mirrey? Al principio pasaron desapercibidos, los confundimos con un “fresa” cualquiera, un “junior” pretencioso, o con un “metrosexual” despilfarrador; sin embargo, esta nueva tribu urbana… es una mezcla de las tres… ―nadie se lo esperaba…―. Dada la importancia ―ajá― actual en nuestro acontecer diario, El pensar de un panda ofrece la “Guía del panda para ser… un mirrey”; ahora hablaremos sobre esos pintorescos personajes que engalanan los álbumes en Facebook con sus poses de “becho-becho” y de “oh, soy tan, pero tan guapo…”.

PRINCIPIOS BÁSICOS
Todas las reglas de cómo debe ser y comportarse un mirrey van implícitas en su manera de vivir; pero es un código severo: si eres culpable de no cumplir con el rol, tu exilio del clan es inminente y absoluto. Luego de una larga y exhaustiva ―y muy cómica― investigación, aquí presento diez aspectos que debes cuidar siempre si es que quieres formar parte de esta manada urbana.
  • No debes tener problemas económicos

Tal como el término lo dice, un verdadero mirrey no se preocupa por estados de cuenta o por si le alcanza para otra botella; debes de ser una persona de billetera abierta para consentir a todos esos amigos mirreyes que te rodean, que esperan un momento de duda para hacerte ver como que tienen más dinero que tú. Tu papá debe ser el viejito de “Monopoly” o eres el hijo no reconocido de Tony Stark, y entre tus posibilidades está la de comprar un país pequeño, sino es que todo el mundo y sus alrededores. Compites con tus amigos para ver quien pone primero la tarjeta de crédito sin siquiera haber visto la cuenta ―recuerda: el que paga es el rey de los mirreyes―; miras con frecuencia a los demás en el antro y haces más ruido del necesario para que todos vean que pediste la décima moet.

  • Tu casa es tu primer palacio

Manda al demonio todos tus prejuicios de que la humildad es una virtud. El mirrey es de clase media-alta a muy-muy-alta, no hay de otra; y salvo que viva en su isla privada, su residencia debe estar en los fraccionamientos más exclusivos de la ciudad ―dime dónde vives, y te diré lo que mereces―. Puedes tener veinte casas pequeñas para tu servidumbre; pero recuerda, principe, que tu palacio es lo primero que tienes para presumir y sustentar tu “mirreynidad”.

  • La ropa te define

¿De qué sirve gastar un año de salario mínimo en una borrachera si tu vestimenta no es ad hoc?. Recuerda que “como te ven, te tratan”, y para un mirrey el trato que recibe es crucial. El traje típico es una camisa con dos o tres botones abiertos ―los de arriba, porque si dejas los de abajo eres “naco”―, sin camiseta, desde luego; una cruz, rosario, relicario o collar de oro o piedra preciosa ―plata no, no vaya a ser que te dé alergia de ordinario―; pantalones ajustados ―herencia de su raíz emo― para exhibir sus horas de gimnasio ―herencia de sus antepasados metrosexuales―; zapato caro de piel de algún animal casi extinto, cinturones que están a poco de tener una pantalla de Blue-ray en lugar de hebilla. Todo en colores claros y brillantes, para resaltar con la luz neón.

  • Lenguaje mirreynario

El mirrey necesita comunicarse con los suyos; y lo hace de una manera que los lingüistas ni siquiera hubieran soñado. Agregaron nuevas terminaciones etimológicas que aún no se logran descifrar por completo. Así, cuando escuches que alguien termina las palabras con “awh”, “irri” o “uki”; o cuando terminan sus oraciones con “gooooooey”, o “mi rey” son señales inconfundible de que te encuentras ante un verdadero diamante negro. Se refieren entre ellos como “papalord”, “principe”, “mi rey”, papawh”, entre otros. Veamos algunos ejemplos de su dialecto que encontré en Twitter:

“en la cabañuki de mi papi en la montaña papalord , ahi llevamos a las lobukis para matar el frio auuuuuuushhh”

“ya esta listo el jetsirri de mi papawh pa irnos a apostar a vegas papalooord”

“en mi yatesuki papawh!”

Lo que demuestra que los mirreyes están por encima de la ortografía ―se imaginarán que estuve a punto de sacarme los ojos mientras hacia la selección de ejemplos.

  • Sin lugar para los débiles.

Los antros, pool-parties y viajes son de rigor semanal, sino es que diaria. Ningún mirrey que se precie de serlo rechaza salir de sus aposentos para iluminar al mundo con su presencia ― ahora creo que los wampiros de “Crepúsculo” son unos mirreyes…―. No hay tiempo para la cruda ― para eso tienes sirvientes que la sufran por ti― . Siempre hay que estar guapo, atento, y con la billetera a rebosar, pues nunca sabes cuando uno de tus príncipes te llamará para avisarte que organizó un mega-ultra-hyper-súper-party ― mátenme ahora…, si me tienen algo de aprecio, mátenme ahora.

  • Amigos para siempre

El mirrey es una criatura social y no puede estar solo; ― ni siquiera para dormir― . Por lo tanto, cuidan a ese grupo de amigos con los que se ha visto desde la secundaria o preparatoria como si fuera parte de su riqueza. Se abrazan, besan… ― simplemente no pueden evitar tocarse― , y se juran ser amigos no-gay hasta la muerte. Pero, dado que el mirrey quiere llamar la atención, cada uno tiene un grupo de seguidores de menor clase social, personas a las que jura despreciar y denigra cada que puede, mas sin las que no podría sobrevivir.  Aunque, sin duda alguna, su mejor amigo es ese espejo suizo que se compraron en Japón la última vez que fueron por pizza.

  • Soltero es lo más sexy

El integrante del Clan papawh es generalmente un individuo de entre 15 y 35 años, soltero, sin compromiso amoroso; libre para cualquier lobuki ― que es algo así como una chava-fresa-groupie― se acerque cuando ellos lo decidan. Son “ligadores” natos y siempre tienen su mesa en el antro repleta de mujeres estereotípicamente hermosas ― que están allí por amor, no por el dinero que derrochan―. En esos grupos de “amigos”, la mayoría han tenido queveres entre ellos ― ahora sospecho también de los de “Friends”.

  • Actitud fotográfica

¿De qué sirve tanta mirreynosidad si nadie lo ve? El papawh adora Facebook porque es su ventana a la fama, es el medio por el cual todo el mundo se enterará de que estuvo en tal o cual fiesta. No pueden ver una cámara y mostrarse indiferentes, es un deber del mirrey ser el centro de atención; así que ponen su expresión de galán a medio dormir ― pues con frecuencia están ebrios― , o se abrazan entre ellos sin preocuparse demasiado ― o sí―  de en dónde ponen las manos. Es fácil reconocer a los papalord: son los que ponen cara de “oh, soy tan guapo, el mundo no me merece y quiero beso” ―conocida como expresión “duckface”―en cada fotografía que ves en Facebook o Twitter ― en Metroflog jamás encontrarás un mirrey.

  • Presume tu pasado y conexiones

El mirrey siempre, siempre dirá que es hijo/sobrino de algún personaje célebre ― no importa que haya muerto hace dos siglos―; dirá que su apellido es de origen extranjero, y proviene de un linaje de magos, y que es descendiente directo de el Rey Arturo; es primo de Christina Aguilera y medio hermano de Lady Gaga; estuvo invitado al funeral de Michael Jackson, pues su papá era su compadre; cada jueves desayuna con el Papa; y ocupó una silla en primera fila en la boda real, ya que la Reina de Inglaterra fue su madrina de primera comunión.

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Quiero aprovechar para agradecerles sus visitas ―ya estamos a nada de las 2000 visitas a este blog―; es una gran motivación, a la vez que un compromiso de seguir “trabajando” en estas publicaciones; que espero que disfruten al leer, así como yo lo hice al escribirlas.

Los invito que sigan dejando sus comentarios y sugerencias… Bueno, las quejas también… ― ya encontraré qué hacer con ellas.

(Todas las fotos fueron tomadas de http://mirrreybook.tumblr.com)

Del Halloween, al Día de Muertos… ¿o al revés?

1 Nov

ANÉCDOTA

Recuerdo el panorama por el que la mayoría ―si no es que todos― pasamos anoche (31 de octubre): monstruos y adefesios rondaban por las calles bajo el cielo nocturno, algunos decorados con sangre y carne de utilería , papel higiénico, algodón, Kool-aid y otros maquillajes de dudosa procedencia ―y que seguro dejarán ronchas―; otros, caracterizados como personajes históricos o famosos ―que ni siquiera conocen; pero que les gustó cómo se veía la foto que encontraron en Google―; deambulaban, además, vampiros ―de los de verdad―, wampiros ―de los que se bañan en polvo de hada―, momias, zombis ―en diferentes estados de descomposición económica… digo: fisiológica―, magos, hombres lobo y uno que otro Frankenstein perdido que preguntaba si alguien había visto a sus amigos. Cargando, cada uno, con una calabaza de plástico repleta de futuros ingresos para el dentista.

Todo hubiera sido muy interesante, un espectáculo colorido y tradicional ―aunque algunos se nieguen a reconocerlo―, un panorama digno de abandonar por una o dos horas el vicio llamado Facebook, de no ser por un pequeño inconveniente: ¡Tocaban el timbre de la casa cada tres minutos!

REFLEXIÓN POSTERIOR

Desde hace años, por estas fechas resurge un debate en el que las escuelas públicas, la iglesia y demás instituciones invitan a la gente a celebrar el “Día de los Muertos” y no el “Halloween”, bajo la premisa de que la primera es una tradición mexicana, y la segunda es sólo una copia de las costumbres estadounidenses ―pero si México nunca copia nada a los EU―. Aquí si brota el sentimiento de “lo nuestro”, y no falta el que ve con desprecio y acusa de malinchista a cualquiera de los que alguna vez nos hemos disfrazado ―como yo, que ahorita ando de “muggle”―. Lo triste es que un gran porcentaje de los que se abrazan al altar de muerto y deshojan flores de cempasúchil  mientras critican a los que piden “Halloween” no tienen ni idea de qué hay detrás de dichas costumbres, y su molestia no está basada en otra cosa que ser parte de la borregada pseudo-nacionalista.

“El que critica sin conocer sólo demuestra su ignorancia”

Hablemos primero del “enemigo”, del “Halloween”: La Noche de brujas es una fiesta que se celebra principalmente en los Estados Unidos el día 31 de octubre. Tiene su origen en la festividad céltica conocida como el Samhain, que es el año nuevo celta; en esa fecha se creía que los mundos, el nuestro y el… otro ―sin comentarios― se unían, lo que permitía que los espíritus buenos y malos pudieran pasar. Los “buenos” eran homenajeados, y los “malos” eran ahuyentados; se cree que el uso de trajes y máscaras comenzó con este objetivo.

Con el tiempo, esta festividad llegó a los EU; y, como buena tradición oral, las versiones dadas por los irlandeses fueron abundantes y modificaron el sentido original de la celebración.

El nombre de “Halloween” proviene de la derivación de la expresión en inglés “All hallows eve”, que significa “Vispera de todos los santos” ―y no, no tiene nada que ver con el último libro de Harry Potter.

¿Cómo se celebra? Con fiestas, cantos, disfraces y la costumbre de ir a pedir dulces a las casas con el grito de “Trick or treat”.

Por otro lado, Lo Nuestro, el Día de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico que comenzaba cerca de los primeros días de agosto y duraba un mes del calendario solar mexica, y que, con la llegada de los españoles, la tradición real se mezcló con las del Viejo Mundo ―como todo…―, dando como resultado lo que hoy celebramos y defendemos a capa y espada; asimismo, fue recorrida para que coincidiera con las fiestas católicas del Día de los Fieles Difuntos y el Día de Todos los Santos, 1 y 2 de noviembre, respectivamente. Hay que entender que, en sí, es muy diferente celebrar el “Día de Muertos” y estas festividades religiosas. Esta fecha es reconocida a nivel internacional y es muy representativa de la cultura de México, por lo que la UNESCO la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Se cree que las almas de los niños nos visitan el 1 de noviembre, y las almas de los adultos lo hacen el día 2. Y, en caso de que las personas ―las vivas― no puedan ir a visitar la tumba por alguna circunstancia, pueden hacer un Altar de muerto en la sala de su casa, o en la escuela, en el trabajo, en la iglesia, en las plazas… ―en serio, terminan por parecer paradas de autobús―, para que las almas puedan llegar con ellos; los cementerios a lo largo del país se llenan de vida ―y de no-vida―, las familias se reúnen; se hacen mil y un cosas para recordar a los que se han ido. Y en algunas zonas del país se acostumbra que los niños vayan casa por casa para comer algo de lo que se puso en al altar.

¿Cómo se celebra? Con fiesta, cantos, danza, altares y la costumbre de ir a pedir comida a las casas de los vecinos.

Si bien la celebración céltica se ha desdibujado más que la prehispánica, ambas tradiciones ―hay que reconocer que las dos lo son― tienen un objetivo en común: recordar y honrar a los difuntos en ese día en que creemos ―o nos gusta pensar― que nos visitan desde el Otro Mundo.

Hacen demasiado escándalo. Me parece ridículo que se considere incorrecto que los niños pidan “Halloween”, pero si piden “calaverita” entonces está bien. No se es menos mexicano por vestirse de zombi o por echarse una sábana encima para decir que eres un fantasma. ¿Qué quieren? ¿Estaría bien si se disfrazan de El Chapulín Colorado, Kaliman, El Santo, Fantomas o Cuauhtémoc Blanco? ¿Por qué está mal vestirse como un esqueleto, pero no como La Catrina? Si lo analizamos un poco, ¿qué es más mexicano que celebrar por cualquier motivo? Porque eso es lo que pasa: no celebramos el Halloween, sino que lo empleamos como excusa para hacer fiesta.

Además, el ingenio en los disfraces es otro destello de mexicanismo: ¿creen que es fácil pintarse todo el cuerpo de verde con Kool-Aid?, ¿a ustedes se les hubiera ocurrido emplear plastilina como carne falsa?, ¿habrían empleado popotes para hacer una trampa como las que salen en “Juego macabro” (Saw)?  En mi caso, estoy seguro que le daría más dulces a un niño vestido como Hitler que a uno que va como Emiliano Zapata; y no por malinchismo, sino porque el bigote es más difícil.

Estoy de acuerdo en la conservación de nuestras tradiciones; pero entiendo y acepto que el sincretismo cultural es inevitable. Y si se puede tomar lo mejor de dos mundos ―o de tres: el de ellos, el de los otros y el nuestro, en este caso―, creo que debemos hacerlo.

Feliz Maratón Halloween  – Día de Muertos.

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