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Tú ganas; no quiero discutir

21 Ago

LA ANÉCDOTA

Plaza de Armas, en San Luis PotosíAquella noche vagábamos por las tranquilas ―no es sarcasmo― calles del centro colonial de nuestra ciudad. Como de costumbre, el tema de conversación había ido cambiando sin darnos cuenta conforme el pasar del tiempo: comenzamos hablando de cómics y videojuegos, eso lo recuerdo bien ―con frecuencia es el detonante de nuestras conversaciones―; sin embargo, ahora que hago memoria, en algún momento me parece que discutimos algo sobre la educación y política, y del cómo arreglaríamos todo en quince minutos ―cómo buenos mexicanos―; hablamos sobre amigos ―y no tanto― en común, películas, pelirrojas y proyectos a largo, muy largo plazo.

El paisaje amenazaba con pasar a la historia como un domingo cualquiera; como esos días que, antes de dormir, te mientes diciendo: «¡Qué buen día!» y te tumbas a manera de oso perezoso sobre tu cama, con la firme intención de no levantarte hasta después de la una de la tarde del día siguiente ―cuando un día es bueno en realidad, lo menos que quieres es ir a la cama… Bueno, eso depende de la situación; el asunto es que, cuando te la estás pasando bien, lo único que quieres es que el día no termine nunca―. El punto es que cuando llegamos a Plaza de Armas―una de las plazas más bonitas de la capital. Ya sé que casi cada ciudad del país tiene una… ―, caminaba hacia nosotros un grupo de personas, todas cercanas al medio siglo de edad.

“… es que, no puedes discutir con una persona… ¡qué está desnuda!”

Aquella frase, aquel destello de Filosofía urbana enunciada por uno de esos rostros anónimos, perforó nuestra conversación con fuerza, removiendo desde la base cada uno de nuestros pensamientos y, al mismo tiempo, convirtiendo nuestra platica en algo banal, absurdo e intrascendente. Nos detuvimos. Sin importar por dónde se le viera, no había manera de debatir contra tal aforismo, contra aquel destello de sabiduría en la más pura de sus formas.

Recuerdo que nos miramos en silencio durante un par de segundos, sin atrevernos a hacer algo que pudiera manchar el momento. Primero sobrevino una trémula sonrisa, para luego abrir paso a una serie de carcajadas que resonaron entre las calles vacías.

Estoy seguro de que ellos, el grupo de quincuagenarios, entendieron el motivo de nuestra risa; pero fingieron no hacerlo y se limitaron a apresurar el paso para alejarse.

REFLEXIÓN POSTERIOR

En lo personal, creo que dicha afirmación tiene algo de cierto: la persona desnuda tendría la desventaja de… eso, de verse vulnerable. En los libros y películas, cuando inicia una discusión, ocurre una escena muy repetitiva: si el hombre es el molesto/ofendido, se levanta y se pone el pantalón ―el pecho musculoso debe de quedar a la vista siempre―, y hasta entonces responde; en el caso de la mujer: se levanta un poco más lento ―el lector/cinéfilo/televidente debe tener tiempo suficiente para verla bien― y camina desnuda, aún más despacio, para ir por una bata ―que siempre está del otro lado de la habitación y es transparente, o de un color muy claro… por eso del pudor―, y ya cubierta, discute. Un problema a la vez. ¡Ah! Y algunos autores rematan con la frase magistral: «fue entonces que pudo verlo(a) a los ojos». ¿Hacia dónde veían antes? ¿Qué no estaban tan molestos?

Una amiga, a la que ahora llamaremos Ana L. ―no, mejor A. Laura―, se jactaba de haber encontrado la manera en la que su novio no le negaba nunca nada. Lo que sí negaba a compartir era su secreto con los demás ―yo quería saber por mera curiosidad… Y para que no me lo hicieran a mí―. Fue hasta una fiesta, y medio litro de tequila después, que me  llamó aparte y entre frases tontas me confesó: «ya cuando estamos desnudos, a punto de hacer… Tú sabes… ―omitiré relatar la parte en la que trató de decírmelo con mímica―, es cuando le puedo pedir lo que sea». En su momento me pareció una situación por demás absurda; o, quizás, una verdad incómoda. Pero en su método hay dos elementos que saltan a la vista: la desnudez y la ausencia de discusión. Ahora que lo pienso, quizás aquel filósofo urbano era el novio de mi amiga ―espero que no; de lo contrario, me preocupan los gustos y fetiches que pudiera haber tenido.

“… pero, puedes discutir si está detrás de una cortina”.

Dijo un amigo cuando el tema salió a debate en el grupo. Tiene razón, aunque eso ya abandona el tema de la desnudez como tal y entra en el mundo de la especulación.

Imaginarse en una situación así es complicado… e incómodo.

Como podemos ver, la literatura, el cine y la vida misma nos brindan ejemplos que confirman la verdad en las palabras de aquel erudito anónimo. Es una lástima que no sepa su nombre ni pueda recordar su rostro; sin embargo, jamás olvidaré ese aroma a mezcal que lo rodeaba como un aura con manchas negras, símbolo inequívoco de que las moscas supieron antes que yo de su grandeza.

Y reto a cualquiera de ustedes a desnudarse y decirme lo contrario.

¿Necesito decir más?

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