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Del Halloween, al Día de Muertos… ¿o al revés?

1 Nov

ANÉCDOTA

Recuerdo el panorama por el que la mayoría ―si no es que todos― pasamos anoche (31 de octubre): monstruos y adefesios rondaban por las calles bajo el cielo nocturno, algunos decorados con sangre y carne de utilería , papel higiénico, algodón, Kool-aid y otros maquillajes de dudosa procedencia ―y que seguro dejarán ronchas―; otros, caracterizados como personajes históricos o famosos ―que ni siquiera conocen; pero que les gustó cómo se veía la foto que encontraron en Google―; deambulaban, además, vampiros ―de los de verdad―, wampiros ―de los que se bañan en polvo de hada―, momias, zombis ―en diferentes estados de descomposición económica… digo: fisiológica―, magos, hombres lobo y uno que otro Frankenstein perdido que preguntaba si alguien había visto a sus amigos. Cargando, cada uno, con una calabaza de plástico repleta de futuros ingresos para el dentista.

Todo hubiera sido muy interesante, un espectáculo colorido y tradicional ―aunque algunos se nieguen a reconocerlo―, un panorama digno de abandonar por una o dos horas el vicio llamado Facebook, de no ser por un pequeño inconveniente: ¡Tocaban el timbre de la casa cada tres minutos!

REFLEXIÓN POSTERIOR

Desde hace años, por estas fechas resurge un debate en el que las escuelas públicas, la iglesia y demás instituciones invitan a la gente a celebrar el “Día de los Muertos” y no el “Halloween”, bajo la premisa de que la primera es una tradición mexicana, y la segunda es sólo una copia de las costumbres estadounidenses ―pero si México nunca copia nada a los EU―. Aquí si brota el sentimiento de “lo nuestro”, y no falta el que ve con desprecio y acusa de malinchista a cualquiera de los que alguna vez nos hemos disfrazado ―como yo, que ahorita ando de “muggle”―. Lo triste es que un gran porcentaje de los que se abrazan al altar de muerto y deshojan flores de cempasúchil  mientras critican a los que piden “Halloween” no tienen ni idea de qué hay detrás de dichas costumbres, y su molestia no está basada en otra cosa que ser parte de la borregada pseudo-nacionalista.

“El que critica sin conocer sólo demuestra su ignorancia”

Hablemos primero del “enemigo”, del “Halloween”: La Noche de brujas es una fiesta que se celebra principalmente en los Estados Unidos el día 31 de octubre. Tiene su origen en la festividad céltica conocida como el Samhain, que es el año nuevo celta; en esa fecha se creía que los mundos, el nuestro y el… otro ―sin comentarios― se unían, lo que permitía que los espíritus buenos y malos pudieran pasar. Los “buenos” eran homenajeados, y los “malos” eran ahuyentados; se cree que el uso de trajes y máscaras comenzó con este objetivo.

Con el tiempo, esta festividad llegó a los EU; y, como buena tradición oral, las versiones dadas por los irlandeses fueron abundantes y modificaron el sentido original de la celebración.

El nombre de “Halloween” proviene de la derivación de la expresión en inglés “All hallows eve”, que significa “Vispera de todos los santos” ―y no, no tiene nada que ver con el último libro de Harry Potter.

¿Cómo se celebra? Con fiestas, cantos, disfraces y la costumbre de ir a pedir dulces a las casas con el grito de “Trick or treat”.

Por otro lado, Lo Nuestro, el Día de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico que comenzaba cerca de los primeros días de agosto y duraba un mes del calendario solar mexica, y que, con la llegada de los españoles, la tradición real se mezcló con las del Viejo Mundo ―como todo…―, dando como resultado lo que hoy celebramos y defendemos a capa y espada; asimismo, fue recorrida para que coincidiera con las fiestas católicas del Día de los Fieles Difuntos y el Día de Todos los Santos, 1 y 2 de noviembre, respectivamente. Hay que entender que, en sí, es muy diferente celebrar el “Día de Muertos” y estas festividades religiosas. Esta fecha es reconocida a nivel internacional y es muy representativa de la cultura de México, por lo que la UNESCO la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Se cree que las almas de los niños nos visitan el 1 de noviembre, y las almas de los adultos lo hacen el día 2. Y, en caso de que las personas ―las vivas― no puedan ir a visitar la tumba por alguna circunstancia, pueden hacer un Altar de muerto en la sala de su casa, o en la escuela, en el trabajo, en la iglesia, en las plazas… ―en serio, terminan por parecer paradas de autobús―, para que las almas puedan llegar con ellos; los cementerios a lo largo del país se llenan de vida ―y de no-vida―, las familias se reúnen; se hacen mil y un cosas para recordar a los que se han ido. Y en algunas zonas del país se acostumbra que los niños vayan casa por casa para comer algo de lo que se puso en al altar.

¿Cómo se celebra? Con fiesta, cantos, danza, altares y la costumbre de ir a pedir comida a las casas de los vecinos.

Si bien la celebración céltica se ha desdibujado más que la prehispánica, ambas tradiciones ―hay que reconocer que las dos lo son― tienen un objetivo en común: recordar y honrar a los difuntos en ese día en que creemos ―o nos gusta pensar― que nos visitan desde el Otro Mundo.

Hacen demasiado escándalo. Me parece ridículo que se considere incorrecto que los niños pidan “Halloween”, pero si piden “calaverita” entonces está bien. No se es menos mexicano por vestirse de zombi o por echarse una sábana encima para decir que eres un fantasma. ¿Qué quieren? ¿Estaría bien si se disfrazan de El Chapulín Colorado, Kaliman, El Santo, Fantomas o Cuauhtémoc Blanco? ¿Por qué está mal vestirse como un esqueleto, pero no como La Catrina? Si lo analizamos un poco, ¿qué es más mexicano que celebrar por cualquier motivo? Porque eso es lo que pasa: no celebramos el Halloween, sino que lo empleamos como excusa para hacer fiesta.

Además, el ingenio en los disfraces es otro destello de mexicanismo: ¿creen que es fácil pintarse todo el cuerpo de verde con Kool-Aid?, ¿a ustedes se les hubiera ocurrido emplear plastilina como carne falsa?, ¿habrían empleado popotes para hacer una trampa como las que salen en “Juego macabro” (Saw)?  En mi caso, estoy seguro que le daría más dulces a un niño vestido como Hitler que a uno que va como Emiliano Zapata; y no por malinchismo, sino porque el bigote es más difícil.

Estoy de acuerdo en la conservación de nuestras tradiciones; pero entiendo y acepto que el sincretismo cultural es inevitable. Y si se puede tomar lo mejor de dos mundos ―o de tres: el de ellos, el de los otros y el nuestro, en este caso―, creo que debemos hacerlo.

Feliz Maratón Halloween  – Día de Muertos.

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Cuando sea grande, quiero ser mexicano

18 Sep

ANÉCDOTA

Despiertas ya pasado el medio día, con resaca, naturalmente; la fiesta que organizaron tú y tus amigos para dar “El Grito” terminó casi a las cinco de la mañana. Tratas de hacer memoria: ¿qué tomaste? Tequila, mucho tequila; una, dos o veintisiete cervezas; y quizás un poco de brandy, coñac y whiskey para verte refinado. No te arrepientes. Sientes ganas de vomitar y parece que tu habitación está dando vueltas; pero no te arrepientes.

Anoche gritaste a todo orgullo: “‘Viva México!”, abrazaste a un montón de desconocidos, acusaste de “maricas” a un grupo de abstemios y trataste de conquistar a cuanta mujer se te puso enfrente; buscaste pleito con siete sujetos y le diste un puñetazo a ése que insultó a tu equipo de fútbol y al que intentó ligarse a tu hermana. Bebiste directo de la botella, cantaste con el mariachi las de Pedro Infante, Agustín Lara y José Alfredo Jiménez. Saliste caminando en zigzag y, para cerrar una noche perfecta, saliste en televisión y, gracias a internet, muy pronto serás famoso.

Miras el reloj: las 12:41. Tenías que estar en el trabajo desde las ocho. No importa. Ya pensarás en la excusa para tu jefe; te consuela pensar que lo más probable es que él esté igual que tú. Después de todo, celebrar a la nación es sólo una vez al año.

REFLEXIÓN POSTERIOR

Ser mexicano no es ponerte la playera de tu equipo cada fin de semana, ni ofenderte porque un programa de televisión británico se burló llamándole “tortilla” a un auto ―que, sigo diciendo, parece más bien una torta pequeña―, ni siquiera se trata de empeñar hasta a tu perro para ir a apoyar  a la selección a algún mundial; ser mexicano va más allá de eso, es un orgullo a la vez que un privilegio del que no cualquiera puede presumir ―sólo los nacidos en territorio nacional, de padre o madre mexicana o que se naturalicen, o los que nacen en embarcaciones o aeronaves con nuestra bandera… pero nada más ésos―. Y debemos de disfrutar y celebrarlo como tal.

Pocos países en el mundo pueden presumir de tener una tradición histórica como nosotros. Podríamos hablar de los aztecas, toltecas, tlaxcaltecas, zapotecas, mixtecos, huastecos, teotihuacanos, pames, purépechas, rarámuris; cada pueblo con sus costumbres, tradiciones, arquitectura, política y comercio; y, aún así, estaríamos apenas dando un pestañeo de nuestra historia ―porque nuestra historia no comenzó con la llegada de los españoles―. Después vino el mestizaje, la sangre europea y africana llegó a nuestra tierra. Todas estas mezclas dieron como resultado al México moderno, mismo que se define como una sociedad pluricultural y tolerante; que se mantiene fiel a sus costumbres como el Día de Muertos y… ehm… otras ―el hecho de que no pueda pensar en una no significa que no las haya―; somos un país que conquista al corazón extranjero con la calidez de su gente y sus maravillas naturales ―ah, eso sonó a comercial barato de la SECTUR.

El mexicano es adicto al peligro y a las emociones fuertes; no teme a la muerte, sino que la ve como su amiga. Disfruta de la sensación de la adrenalina, quiere hacerlo todo al mismo tiempo ―este blog es muy mexicano― y sabe trabajar bajo presión ―no es que sea flojo―, por eso que espera hasta el último momento para cumplir con sus actividades o tareas; vive bajo la premisa de: “Me van a pagar igual si lo entrego hoy o el último día”. Y, en caso de no terminar, tiene una capacidad de inventiva única en el mundo; las excusas brotan de sus labios como un reflejo ―y muchas veces son verdaderas genialidades: historias con introducción, dos o tres nudos y un desenlace sorpresivo y conveniente―. Todo para conseguir un aplazamiento de la fecha de entrega. Lo que conduce a otro punto importante de la idiosincrasia nacional: la puntualidad. En México es común escuchar “cité a la gente a las ocho, para empezar como a las nueve y media”, o “¿Llegar temprano? Ni que fuera a barrer”. En la mayoría de los trabajos y escuelas existe algo llamado “tiempo de tolerancia”, que va de los cinco hasta los quince minutos ―al menos eso me han dicho…― y que sólo es un rango en donde la impuntualidad es todavía “perdonable”.

En cuestión de ciencia y cultura, México es cuna de tres personajes galardonados con el Premio Nobel: Alfonso García Robles, ganador del Nobel de la Paz en 1982; Octavio Paz, premio Nobel de Literatura en 1995; y Mario J. Molina, ganador del Nobel de Química en 1995. Es sólo cuestión de tiempo para ampliar esta lista, pues, la televisión nacional está repleto de programas culturales que fomentan el pensamiento analítico-crítico de los niños: “Laura”, “La rosa de Guadalupe”, “La Academia ―¡ahora, en 3D!”, Ventaneando, Big Brother ―en cualquiera de sus versiones”, “Las lavanderas”, “Guerra de chistes”, etcétera. Por si eso fuera poco, el mexicano promedio lee tres libros al año, si multiplicamos esta cifra por los 112 millones de mexicanos que somos, da un aproximado de 336 millones de libros leídos ―de alguna manera había que salvar esa cifra.

Además, nuestra gente sabe de historia; un estudio reciente demostró que más del 60% de la población sabe que los niños héroes fueron: Juan Escutia, Juan de la Barrera, Agustín Melgar, Vicente Suárez, Harry Potter y Ron Weasley.

Si de algo podemos presumir es de nuestra gastronomía, que es reconocida a nivel mundial por su gran variedad de sabores y su condimentación; no por nada en el 2010, la UNESCO la nombro como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Platillos tan típicos como el mole, los tamales, el zacahuil, las tortas ahogadas, o los tacos son sólo la punta del iceberg ―sí, la RAE ya agregó esa palabra a nuestro diccionario―; tampoco podemos olvidar a la pizza a la mexicana, el chili con carne o los makis con salsa Valentina. Todas estas recetas nos confirman de la riqueza ―y la fortaleza gástrica― que tiene nuestra gente.

Por eso ―y por muchas otras razones que no escribiré porque ya me dio flojera―, es que México es único y debemos estar orgullosos de haber nacido en él. Nadie quiere ―ni puede― “ocultar el nopal con un dedo” o ser indiferente ante la difícil etapa que atraviesa nuestro país; pero les recuerdo que esas circunstancias no son más fuertes que nosotros, que la sociedad, que nuestro deseo de ser cada día mejores y poner en alto, en donde le corresponde, el nombre de nuestra patria. ¡Viva México! ¡Viva Hidalgo! ¡Viva Morelos! ¡Viva Jiménez!… y demás calles del Centro Histórico.

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