Archivo | agosto, 2011

El caballero: un animal en peligro de extinción

28 Ago

LA ANÉCDOTA

6:15 am. Subes al transporte público. Esas líneas bajo tus ojos revelan la urgencia de descanso: en los últimos cuatro días apenas si acumulaste nueve horas de sueño. Tus movimientos son lentos, progresivos; sólo te importa ese único asiento disponible en la parte trasera del vehículo.

6:20 am. Los baches en el camino causan un incesante bamboleo que te mece de un lado a otro. Aprietas los dientes, abres los ojos lo más que puedes, te aferras al asa de tu mochila y respiras profundo con la esperanza de mantenerte despierto. Bostezas, de nuevo. Falta casi una hora para llegar a la Universidad. Sabes que no podrás soportar tanto tiempo; es una batalla perdida.

6:22 am. La mujer que va sentada a tu lado te despierta; asientes y te giras un poco, creyendo que quiere que la dejes pasar. Ella señala a otra fémina que acaba de subirse. No la conoces. No entiendes. Cierras los ojos. Vuelve a llamarte; pero esta vez es más directa: “sé un caballero y déjale tu asiento”.

6:25 am. Decir que vas de pie, sería una mentira; vas colgando de un tubo metálico. Tus piernas apenas y pueden sostenerte. La señora a quien cediste el lugar se quedó dormida casi al instante sin agradecerte siquiera. “Resiste. No te duermas”, te dices mientras frotas tus ojos con fuerza, en un intento desesperado por alejar a Morfeo.

Pero, oye, ¡eres un caballero! Tu madre estaría orgullosa.

REFLEXIÓN POSTERIOR

Muchas mujeres se quejan ―mientras toman el té y se refrescan con un abanico hecho de seda australiana―, afirman que la caballerosidad ha muerto y que ahora no queda sino resignarse a vivir entre bufones y criados.  Pero, ¿en qué consiste ser un caballero? ¿cuáles son los requisitos para el trámite? ¿hay una edad mínima? y ¿existe un manual o algo así?

Al revisar algunos libros ―y no me refiero a los de Jordi Rosado o Gaby Vargas, ni siquiera al Manual de Carreño―, podemos notar que, en la antigüedad, el “caballero” era aquel apuesto hombre de armadura brillante, ese que monta un corcel blanco y es reconocido por su valentía, elegancia, nobleza y su desinteresada preocupación por ayudar a los indefensos. Resulta evidente que no cualquiera podía llegar a serlo; debía ganárselo en base a sus acciones y virtudes: ya fuera salvando una villa, protegiendo al Rey ―o a la Reina, guiño-guiño―, rescatando a una princesa cautiva o decapitando a un dragón. El caballero no nace, se hace.

En nuestros días, ser merecedor del título es mucho más fácil: cuestiones como abrir la puerta del auto, del restaurante, del cine, de cualquier lugar, para que pase primero la mujer que nos acompaña; cederles el asiento; levantarse para saludarlas ―entre hombres no lo hagan, se ve raro y sospecho; bueno, sólo por sus jefes―; el caballero es educado y modera su lenguaje. Además, dicen “por favor” y “Gracias” ―hay mujeres que hablan peor que varios varones que conozco; pero de eso hablaremos después―; no monta escenas ni busca pelear por cualquier cosa ―en palabras de una compañera: “a nadie le gusta un tipo que saca su espadita para todo”―; es inteligente y educado en el trato a los demás. No se burla de nadie; es puntual; sabe vestirse según la ocasión lo demande; no miente; defiende a los necesitados y vela por la justicia en el mundo. En fin, un caballero se comporta de manera correcta durante todo el tiempo… ―Caray… Creo que prefiero al dragón. ¿Alguien sabe en dónde puedo encontrar uno en estos días?―. De nuevo: no cualquiera puede serlo.

¿En dónde acaba la caballerosidad y comienza el machismo?

Algunos “hombres” malinterpretan el cuidado y la atención, que merece cada una de las mujeres, con una actitud posesiva que en ocasiones raya en lo enfermizo. Dejemos algo bien en claro: no por tratarla bien te pertenece y debe hacer lo que tú digas ―tú sí; si ella te trata bien, eres de ella y te callas.

“Los caballeros nunca pasarán de moda”

Es una frase recurrente entre las mujeres, y ¡tienen razón! Aunque eso es porque nunca han estado de moda; el caballero siempre ha sido un individuo que se distingue de los demás y que no alardea de ello ―como yo, por ejemplo―. Por lo tanto, esta raza no está en peligro de extinción; son pocos, pero la cantidad se mantiene estable. Más bien creo que algunas mujeres no han tenido la fortuna de toparse con uno de estos especímenes. Les recomiendo dejar caer el pañuelo un poco más seguido, pues nunca saben en qué momento un caballero estará ahí, listo para devolvérselos.

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Gears of war. “Sangre, intestinos: otro aburrido día de trabajo.”

24 Ago

LA ANÉCDOTA

Imagina que un viernes estás sentado en compañía de tu pareja, cenando los tacos de rigor en el lugar de siempre. Cuando das la primer mordida ―al taco, aclaro―, un poco de salsa sale de la tortilla y va a dar a tu pantalón nuevo. No sabes cómo reaccionar: sabes que la manchara estará ahí por varios ciclos de lavado como un recordatorio de tu estú… descuido. Tu novia ríe y te ofrece una servilleta. Crees que se burla, por lo que te ofendes y le dices que no es gracioso. Ella asiente, se disculpa y trata de contenerse por el respeto que te tiene ; pero, al ver tu intento por remover aquel viscoso líquido ―mismo que ahora es más grande y tomó la forma de una mofeta, y pronto olerá como una―, no puede evitarlo: vuelve a reír.

¡Felicidades! Ahora vas camino a casa cuando todavía no son ni las diez de la noche; ella está enojada: cree que eres un exagerado y no quiere que la llames. Tu relación pende de un hilo; y no olvides el asunto del pantalón.

¿Qué hacer en estos casos? Es obvio: te encierras en tu habitación y enciendes tu XBOX 360. ¡Viva la madurez!

Mata a esos malditos engendros que asesinaron a nuestras mujeres y niños, que destruyeron nuestras ciudades y que quemaron nuestros campos de opio. Alguien debe sufrir por tu mal humor, ¿no es así?

RESEÑA 

Desde su lanzamiento al mercado en 2006, Gears of war (GoW) no ha parado de acumular elogios y de enviciar la mente de millones de videojugadores. Y es que, detrás de la absurda cantidad sangre y vísceras que vuelan al ritmo de tu motosierra, el juego tiene una historia bien elaborada y ambientación post-apocalíptica.

Para empezar no eres el típico súper-soldado ―¡Supera eso, Halo!―, no eres un extraterrestre con cola y peinado imposible, ni eres miembro de un comando elite de mercenarios, ni siquiera eres un plomero bigotón con ínfulas de grandeza. ¡Eres un prisionero en un penal de máxima seguridad! Aunque no por mucho: todos los guardias están muertos y un antiguo amigo viene a rescatarte para que te reincorpores a una guerra que ha acabado con casi toda la población. ¡Eso es amistad!

Hay dos formas de jugar este shooter en tercera persona. La primera es tomarse las cosas con calma, recorriendo los escenarios para encontrar diversos artículos (como páginas de diarios o boletines científicos), que nos ayudan a comprender mejor lo que estamos “viviendo” y qué motivos tenemos para luchar ―como si no querer ser aniquilados no fuera motivación suficiente―; la otra manera se resume en tres acciones que repetirás una y otra vez hasta el final: correr, disparar y esconderte. ¿Verdad que suena adorable?

Para encontrar a los enemigos, Epic Games no tuvo que recurrir a otros planetas o a diferencias diplomáticas entre los países. De hecho, el mundo nunca antes había estado más unido. La raza Locust surge del fondo de la Tierra misma: una raza de mutantes ―que te llaman “pateasuelos”. ¡Eso duele!―; los hay desde la talla chica hasta la 20XL. Son criaturas grotescas que parecen haber sido tomadas de lo más profundo de la imaginación de Guillermo del Toro.

Tendrás a tu disposición ―o podrás quitárselas por la fuerza a algún Locust―, una amplia variedad de armas cortas y pesadas; además de las granadas, desde luego. Adelante, saca a relucir tus habilidades de francotirador y vuélale la cabeza a alguien, destrúyelo todo con un lanzacohetes; o bien siéntete un vaquero futurista y acribilla a esos desgraciados con un revólver o una escopeta. Lo importante es que nunca olvides que, en GoW, entre más pedazos de tu enemigo haya en el suelo, mejor es la sensación.

Ahora bien, si no te resulta suficiente la idea de recorrer paisajes desolados, pisando sobre cadáveres, manteniéndote a cubierto debajo de bloques de concreto, ladrillos, sacos de arena o de autos convertidos en chatarra; si no te basta con enfrentar a una inteligencia artificial que aprende de tus estrategias, obligándote a mantenerte atento y a la defensiva. Si esto no es suficiente para satisfacer tu sed de destrucción y masacre… Caray, estás enfermo.

“Ellos no lo entienden. No saben por qué libramos está guerra. Porque no podemos parar, no pararemos. Porque lucharemos; lucharemos y lucharemos hasta que ganemos o muramos…Y aún no hemos muerto.”

Reina Locust

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Tú ganas; no quiero discutir

21 Ago

LA ANÉCDOTA

Plaza de Armas, en San Luis PotosíAquella noche vagábamos por las tranquilas ―no es sarcasmo― calles del centro colonial de nuestra ciudad. Como de costumbre, el tema de conversación había ido cambiando sin darnos cuenta conforme el pasar del tiempo: comenzamos hablando de cómics y videojuegos, eso lo recuerdo bien ―con frecuencia es el detonante de nuestras conversaciones―; sin embargo, ahora que hago memoria, en algún momento me parece que discutimos algo sobre la educación y política, y del cómo arreglaríamos todo en quince minutos ―cómo buenos mexicanos―; hablamos sobre amigos ―y no tanto― en común, películas, pelirrojas y proyectos a largo, muy largo plazo.

El paisaje amenazaba con pasar a la historia como un domingo cualquiera; como esos días que, antes de dormir, te mientes diciendo: «¡Qué buen día!» y te tumbas a manera de oso perezoso sobre tu cama, con la firme intención de no levantarte hasta después de la una de la tarde del día siguiente ―cuando un día es bueno en realidad, lo menos que quieres es ir a la cama… Bueno, eso depende de la situación; el asunto es que, cuando te la estás pasando bien, lo único que quieres es que el día no termine nunca―. El punto es que cuando llegamos a Plaza de Armas―una de las plazas más bonitas de la capital. Ya sé que casi cada ciudad del país tiene una… ―, caminaba hacia nosotros un grupo de personas, todas cercanas al medio siglo de edad.

“… es que, no puedes discutir con una persona… ¡qué está desnuda!”

Aquella frase, aquel destello de Filosofía urbana enunciada por uno de esos rostros anónimos, perforó nuestra conversación con fuerza, removiendo desde la base cada uno de nuestros pensamientos y, al mismo tiempo, convirtiendo nuestra platica en algo banal, absurdo e intrascendente. Nos detuvimos. Sin importar por dónde se le viera, no había manera de debatir contra tal aforismo, contra aquel destello de sabiduría en la más pura de sus formas.

Recuerdo que nos miramos en silencio durante un par de segundos, sin atrevernos a hacer algo que pudiera manchar el momento. Primero sobrevino una trémula sonrisa, para luego abrir paso a una serie de carcajadas que resonaron entre las calles vacías.

Estoy seguro de que ellos, el grupo de quincuagenarios, entendieron el motivo de nuestra risa; pero fingieron no hacerlo y se limitaron a apresurar el paso para alejarse.

REFLEXIÓN POSTERIOR

En lo personal, creo que dicha afirmación tiene algo de cierto: la persona desnuda tendría la desventaja de… eso, de verse vulnerable. En los libros y películas, cuando inicia una discusión, ocurre una escena muy repetitiva: si el hombre es el molesto/ofendido, se levanta y se pone el pantalón ―el pecho musculoso debe de quedar a la vista siempre―, y hasta entonces responde; en el caso de la mujer: se levanta un poco más lento ―el lector/cinéfilo/televidente debe tener tiempo suficiente para verla bien― y camina desnuda, aún más despacio, para ir por una bata ―que siempre está del otro lado de la habitación y es transparente, o de un color muy claro… por eso del pudor―, y ya cubierta, discute. Un problema a la vez. ¡Ah! Y algunos autores rematan con la frase magistral: «fue entonces que pudo verlo(a) a los ojos». ¿Hacia dónde veían antes? ¿Qué no estaban tan molestos?

Una amiga, a la que ahora llamaremos Ana L. ―no, mejor A. Laura―, se jactaba de haber encontrado la manera en la que su novio no le negaba nunca nada. Lo que sí negaba a compartir era su secreto con los demás ―yo quería saber por mera curiosidad… Y para que no me lo hicieran a mí―. Fue hasta una fiesta, y medio litro de tequila después, que me  llamó aparte y entre frases tontas me confesó: «ya cuando estamos desnudos, a punto de hacer… Tú sabes… ―omitiré relatar la parte en la que trató de decírmelo con mímica―, es cuando le puedo pedir lo que sea». En su momento me pareció una situación por demás absurda; o, quizás, una verdad incómoda. Pero en su método hay dos elementos que saltan a la vista: la desnudez y la ausencia de discusión. Ahora que lo pienso, quizás aquel filósofo urbano era el novio de mi amiga ―espero que no; de lo contrario, me preocupan los gustos y fetiches que pudiera haber tenido.

“… pero, puedes discutir si está detrás de una cortina”.

Dijo un amigo cuando el tema salió a debate en el grupo. Tiene razón, aunque eso ya abandona el tema de la desnudez como tal y entra en el mundo de la especulación.

Imaginarse en una situación así es complicado… e incómodo.

Como podemos ver, la literatura, el cine y la vida misma nos brindan ejemplos que confirman la verdad en las palabras de aquel erudito anónimo. Es una lástima que no sepa su nombre ni pueda recordar su rostro; sin embargo, jamás olvidaré ese aroma a mezcal que lo rodeaba como un aura con manchas negras, símbolo inequívoco de que las moscas supieron antes que yo de su grandeza.

Y reto a cualquiera de ustedes a desnudarse y decirme lo contrario.

¿Necesito decir más?

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