Archivo | noviembre, 2011

Cuidado, “Mirrey” abordo

6 Nov

Vivían escondidos en sus madrigueras de mármol y vitrales; mientras la sociedad se preocupaba de los “Emo” y los “metrosexuales”, ellos se mantuvieron a la espera, observando con detenimiento nuestra reacción ante las nuevas modas y tendencias tribales. Fueron inteligentes: su ataque fue sutil, imperceptible; salieron, uno por uno, de sus cuevas de cantera; pronto se convirtieron en clientes habituales y preferidos de antros, cafeterías y salones de fiesta a través de un derroche económico sin precedentes ―la conquista hormiga siempre funciona―; poblaron las redes sociales con sus fotos, y se comunicaban con un lenguaje críptico. Para cuando nos dimos cuenta de sus planes, era tarde. Es un hecho: los “mirreyes” están entre nosotros.

Pero, ¿qué es ser un mirrey? Al principio pasaron desapercibidos, los confundimos con un “fresa” cualquiera, un “junior” pretencioso, o con un “metrosexual” despilfarrador; sin embargo, esta nueva tribu urbana… es una mezcla de las tres… ―nadie se lo esperaba…―. Dada la importancia ―ajá― actual en nuestro acontecer diario, El pensar de un panda ofrece la “Guía del panda para ser… un mirrey”; ahora hablaremos sobre esos pintorescos personajes que engalanan los álbumes en Facebook con sus poses de “becho-becho” y de “oh, soy tan, pero tan guapo…”.

PRINCIPIOS BÁSICOS
Todas las reglas de cómo debe ser y comportarse un mirrey van implícitas en su manera de vivir; pero es un código severo: si eres culpable de no cumplir con el rol, tu exilio del clan es inminente y absoluto. Luego de una larga y exhaustiva ―y muy cómica― investigación, aquí presento diez aspectos que debes cuidar siempre si es que quieres formar parte de esta manada urbana.
  • No debes tener problemas económicos

Tal como el término lo dice, un verdadero mirrey no se preocupa por estados de cuenta o por si le alcanza para otra botella; debes de ser una persona de billetera abierta para consentir a todos esos amigos mirreyes que te rodean, que esperan un momento de duda para hacerte ver como que tienen más dinero que tú. Tu papá debe ser el viejito de “Monopoly” o eres el hijo no reconocido de Tony Stark, y entre tus posibilidades está la de comprar un país pequeño, sino es que todo el mundo y sus alrededores. Compites con tus amigos para ver quien pone primero la tarjeta de crédito sin siquiera haber visto la cuenta ―recuerda: el que paga es el rey de los mirreyes―; miras con frecuencia a los demás en el antro y haces más ruido del necesario para que todos vean que pediste la décima moet.

  • Tu casa es tu primer palacio

Manda al demonio todos tus prejuicios de que la humildad es una virtud. El mirrey es de clase media-alta a muy-muy-alta, no hay de otra; y salvo que viva en su isla privada, su residencia debe estar en los fraccionamientos más exclusivos de la ciudad ―dime dónde vives, y te diré lo que mereces―. Puedes tener veinte casas pequeñas para tu servidumbre; pero recuerda, principe, que tu palacio es lo primero que tienes para presumir y sustentar tu “mirreynidad”.

  • La ropa te define

¿De qué sirve gastar un año de salario mínimo en una borrachera si tu vestimenta no es ad hoc?. Recuerda que “como te ven, te tratan”, y para un mirrey el trato que recibe es crucial. El traje típico es una camisa con dos o tres botones abiertos ―los de arriba, porque si dejas los de abajo eres “naco”―, sin camiseta, desde luego; una cruz, rosario, relicario o collar de oro o piedra preciosa ―plata no, no vaya a ser que te dé alergia de ordinario―; pantalones ajustados ―herencia de su raíz emo― para exhibir sus horas de gimnasio ―herencia de sus antepasados metrosexuales―; zapato caro de piel de algún animal casi extinto, cinturones que están a poco de tener una pantalla de Blue-ray en lugar de hebilla. Todo en colores claros y brillantes, para resaltar con la luz neón.

  • Lenguaje mirreynario

El mirrey necesita comunicarse con los suyos; y lo hace de una manera que los lingüistas ni siquiera hubieran soñado. Agregaron nuevas terminaciones etimológicas que aún no se logran descifrar por completo. Así, cuando escuches que alguien termina las palabras con “awh”, “irri” o “uki”; o cuando terminan sus oraciones con “gooooooey”, o “mi rey” son señales inconfundible de que te encuentras ante un verdadero diamante negro. Se refieren entre ellos como “papalord”, “principe”, “mi rey”, papawh”, entre otros. Veamos algunos ejemplos de su dialecto que encontré en Twitter:

“en la cabañuki de mi papi en la montaña papalord , ahi llevamos a las lobukis para matar el frio auuuuuuushhh”

“ya esta listo el jetsirri de mi papawh pa irnos a apostar a vegas papalooord”

“en mi yatesuki papawh!”

Lo que demuestra que los mirreyes están por encima de la ortografía ―se imaginarán que estuve a punto de sacarme los ojos mientras hacia la selección de ejemplos.

  • Sin lugar para los débiles.

Los antros, pool-parties y viajes son de rigor semanal, sino es que diaria. Ningún mirrey que se precie de serlo rechaza salir de sus aposentos para iluminar al mundo con su presencia ― ahora creo que los wampiros de “Crepúsculo” son unos mirreyes…―. No hay tiempo para la cruda ― para eso tienes sirvientes que la sufran por ti― . Siempre hay que estar guapo, atento, y con la billetera a rebosar, pues nunca sabes cuando uno de tus príncipes te llamará para avisarte que organizó un mega-ultra-hyper-súper-party ― mátenme ahora…, si me tienen algo de aprecio, mátenme ahora.

  • Amigos para siempre

El mirrey es una criatura social y no puede estar solo; ― ni siquiera para dormir― . Por lo tanto, cuidan a ese grupo de amigos con los que se ha visto desde la secundaria o preparatoria como si fuera parte de su riqueza. Se abrazan, besan… ― simplemente no pueden evitar tocarse― , y se juran ser amigos no-gay hasta la muerte. Pero, dado que el mirrey quiere llamar la atención, cada uno tiene un grupo de seguidores de menor clase social, personas a las que jura despreciar y denigra cada que puede, mas sin las que no podría sobrevivir.  Aunque, sin duda alguna, su mejor amigo es ese espejo suizo que se compraron en Japón la última vez que fueron por pizza.

  • Soltero es lo más sexy

El integrante del Clan papawh es generalmente un individuo de entre 15 y 35 años, soltero, sin compromiso amoroso; libre para cualquier lobuki ― que es algo así como una chava-fresa-groupie― se acerque cuando ellos lo decidan. Son “ligadores” natos y siempre tienen su mesa en el antro repleta de mujeres estereotípicamente hermosas ― que están allí por amor, no por el dinero que derrochan―. En esos grupos de “amigos”, la mayoría han tenido queveres entre ellos ― ahora sospecho también de los de “Friends”.

  • Actitud fotográfica

¿De qué sirve tanta mirreynosidad si nadie lo ve? El papawh adora Facebook porque es su ventana a la fama, es el medio por el cual todo el mundo se enterará de que estuvo en tal o cual fiesta. No pueden ver una cámara y mostrarse indiferentes, es un deber del mirrey ser el centro de atención; así que ponen su expresión de galán a medio dormir ― pues con frecuencia están ebrios― , o se abrazan entre ellos sin preocuparse demasiado ― o sí―  de en dónde ponen las manos. Es fácil reconocer a los papalord: son los que ponen cara de “oh, soy tan guapo, el mundo no me merece y quiero beso” ―conocida como expresión “duckface”―en cada fotografía que ves en Facebook o Twitter ― en Metroflog jamás encontrarás un mirrey.

  • Presume tu pasado y conexiones

El mirrey siempre, siempre dirá que es hijo/sobrino de algún personaje célebre ― no importa que haya muerto hace dos siglos―; dirá que su apellido es de origen extranjero, y proviene de un linaje de magos, y que es descendiente directo de el Rey Arturo; es primo de Christina Aguilera y medio hermano de Lady Gaga; estuvo invitado al funeral de Michael Jackson, pues su papá era su compadre; cada jueves desayuna con el Papa; y ocupó una silla en primera fila en la boda real, ya que la Reina de Inglaterra fue su madrina de primera comunión.

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Quiero aprovechar para agradecerles sus visitas ―ya estamos a nada de las 2000 visitas a este blog―; es una gran motivación, a la vez que un compromiso de seguir “trabajando” en estas publicaciones; que espero que disfruten al leer, así como yo lo hice al escribirlas.

Los invito que sigan dejando sus comentarios y sugerencias… Bueno, las quejas también… ― ya encontraré qué hacer con ellas.

(Todas las fotos fueron tomadas de http://mirrreybook.tumblr.com)

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Del Halloween, al Día de Muertos… ¿o al revés?

1 Nov

ANÉCDOTA

Recuerdo el panorama por el que la mayoría ―si no es que todos― pasamos anoche (31 de octubre): monstruos y adefesios rondaban por las calles bajo el cielo nocturno, algunos decorados con sangre y carne de utilería , papel higiénico, algodón, Kool-aid y otros maquillajes de dudosa procedencia ―y que seguro dejarán ronchas―; otros, caracterizados como personajes históricos o famosos ―que ni siquiera conocen; pero que les gustó cómo se veía la foto que encontraron en Google―; deambulaban, además, vampiros ―de los de verdad―, wampiros ―de los que se bañan en polvo de hada―, momias, zombis ―en diferentes estados de descomposición económica… digo: fisiológica―, magos, hombres lobo y uno que otro Frankenstein perdido que preguntaba si alguien había visto a sus amigos. Cargando, cada uno, con una calabaza de plástico repleta de futuros ingresos para el dentista.

Todo hubiera sido muy interesante, un espectáculo colorido y tradicional ―aunque algunos se nieguen a reconocerlo―, un panorama digno de abandonar por una o dos horas el vicio llamado Facebook, de no ser por un pequeño inconveniente: ¡Tocaban el timbre de la casa cada tres minutos!

REFLEXIÓN POSTERIOR

Desde hace años, por estas fechas resurge un debate en el que las escuelas públicas, la iglesia y demás instituciones invitan a la gente a celebrar el “Día de los Muertos” y no el “Halloween”, bajo la premisa de que la primera es una tradición mexicana, y la segunda es sólo una copia de las costumbres estadounidenses ―pero si México nunca copia nada a los EU―. Aquí si brota el sentimiento de “lo nuestro”, y no falta el que ve con desprecio y acusa de malinchista a cualquiera de los que alguna vez nos hemos disfrazado ―como yo, que ahorita ando de “muggle”―. Lo triste es que un gran porcentaje de los que se abrazan al altar de muerto y deshojan flores de cempasúchil  mientras critican a los que piden “Halloween” no tienen ni idea de qué hay detrás de dichas costumbres, y su molestia no está basada en otra cosa que ser parte de la borregada pseudo-nacionalista.

“El que critica sin conocer sólo demuestra su ignorancia”

Hablemos primero del “enemigo”, del “Halloween”: La Noche de brujas es una fiesta que se celebra principalmente en los Estados Unidos el día 31 de octubre. Tiene su origen en la festividad céltica conocida como el Samhain, que es el año nuevo celta; en esa fecha se creía que los mundos, el nuestro y el… otro ―sin comentarios― se unían, lo que permitía que los espíritus buenos y malos pudieran pasar. Los “buenos” eran homenajeados, y los “malos” eran ahuyentados; se cree que el uso de trajes y máscaras comenzó con este objetivo.

Con el tiempo, esta festividad llegó a los EU; y, como buena tradición oral, las versiones dadas por los irlandeses fueron abundantes y modificaron el sentido original de la celebración.

El nombre de “Halloween” proviene de la derivación de la expresión en inglés “All hallows eve”, que significa “Vispera de todos los santos” ―y no, no tiene nada que ver con el último libro de Harry Potter.

¿Cómo se celebra? Con fiestas, cantos, disfraces y la costumbre de ir a pedir dulces a las casas con el grito de “Trick or treat”.

Por otro lado, Lo Nuestro, el Día de Muertos es una celebración mexicana de origen prehispánico que comenzaba cerca de los primeros días de agosto y duraba un mes del calendario solar mexica, y que, con la llegada de los españoles, la tradición real se mezcló con las del Viejo Mundo ―como todo…―, dando como resultado lo que hoy celebramos y defendemos a capa y espada; asimismo, fue recorrida para que coincidiera con las fiestas católicas del Día de los Fieles Difuntos y el Día de Todos los Santos, 1 y 2 de noviembre, respectivamente. Hay que entender que, en sí, es muy diferente celebrar el “Día de Muertos” y estas festividades religiosas. Esta fecha es reconocida a nivel internacional y es muy representativa de la cultura de México, por lo que la UNESCO la declaró Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Se cree que las almas de los niños nos visitan el 1 de noviembre, y las almas de los adultos lo hacen el día 2. Y, en caso de que las personas ―las vivas― no puedan ir a visitar la tumba por alguna circunstancia, pueden hacer un Altar de muerto en la sala de su casa, o en la escuela, en el trabajo, en la iglesia, en las plazas… ―en serio, terminan por parecer paradas de autobús―, para que las almas puedan llegar con ellos; los cementerios a lo largo del país se llenan de vida ―y de no-vida―, las familias se reúnen; se hacen mil y un cosas para recordar a los que se han ido. Y en algunas zonas del país se acostumbra que los niños vayan casa por casa para comer algo de lo que se puso en al altar.

¿Cómo se celebra? Con fiesta, cantos, danza, altares y la costumbre de ir a pedir comida a las casas de los vecinos.

Si bien la celebración céltica se ha desdibujado más que la prehispánica, ambas tradiciones ―hay que reconocer que las dos lo son― tienen un objetivo en común: recordar y honrar a los difuntos en ese día en que creemos ―o nos gusta pensar― que nos visitan desde el Otro Mundo.

Hacen demasiado escándalo. Me parece ridículo que se considere incorrecto que los niños pidan “Halloween”, pero si piden “calaverita” entonces está bien. No se es menos mexicano por vestirse de zombi o por echarse una sábana encima para decir que eres un fantasma. ¿Qué quieren? ¿Estaría bien si se disfrazan de El Chapulín Colorado, Kaliman, El Santo, Fantomas o Cuauhtémoc Blanco? ¿Por qué está mal vestirse como un esqueleto, pero no como La Catrina? Si lo analizamos un poco, ¿qué es más mexicano que celebrar por cualquier motivo? Porque eso es lo que pasa: no celebramos el Halloween, sino que lo empleamos como excusa para hacer fiesta.

Además, el ingenio en los disfraces es otro destello de mexicanismo: ¿creen que es fácil pintarse todo el cuerpo de verde con Kool-Aid?, ¿a ustedes se les hubiera ocurrido emplear plastilina como carne falsa?, ¿habrían empleado popotes para hacer una trampa como las que salen en “Juego macabro” (Saw)?  En mi caso, estoy seguro que le daría más dulces a un niño vestido como Hitler que a uno que va como Emiliano Zapata; y no por malinchismo, sino porque el bigote es más difícil.

Estoy de acuerdo en la conservación de nuestras tradiciones; pero entiendo y acepto que el sincretismo cultural es inevitable. Y si se puede tomar lo mejor de dos mundos ―o de tres: el de ellos, el de los otros y el nuestro, en este caso―, creo que debemos hacerlo.

Feliz Maratón Halloween  – Día de Muertos.

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