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El caballero: un animal en peligro de extinción

28 Ago

LA ANÉCDOTA

6:15 am. Subes al transporte público. Esas líneas bajo tus ojos revelan la urgencia de descanso: en los últimos cuatro días apenas si acumulaste nueve horas de sueño. Tus movimientos son lentos, progresivos; sólo te importa ese único asiento disponible en la parte trasera del vehículo.

6:20 am. Los baches en el camino causan un incesante bamboleo que te mece de un lado a otro. Aprietas los dientes, abres los ojos lo más que puedes, te aferras al asa de tu mochila y respiras profundo con la esperanza de mantenerte despierto. Bostezas, de nuevo. Falta casi una hora para llegar a la Universidad. Sabes que no podrás soportar tanto tiempo; es una batalla perdida.

6:22 am. La mujer que va sentada a tu lado te despierta; asientes y te giras un poco, creyendo que quiere que la dejes pasar. Ella señala a otra fémina que acaba de subirse. No la conoces. No entiendes. Cierras los ojos. Vuelve a llamarte; pero esta vez es más directa: “sé un caballero y déjale tu asiento”.

6:25 am. Decir que vas de pie, sería una mentira; vas colgando de un tubo metálico. Tus piernas apenas y pueden sostenerte. La señora a quien cediste el lugar se quedó dormida casi al instante sin agradecerte siquiera. “Resiste. No te duermas”, te dices mientras frotas tus ojos con fuerza, en un intento desesperado por alejar a Morfeo.

Pero, oye, ¡eres un caballero! Tu madre estaría orgullosa.

REFLEXIÓN POSTERIOR

Muchas mujeres se quejan ―mientras toman el té y se refrescan con un abanico hecho de seda australiana―, afirman que la caballerosidad ha muerto y que ahora no queda sino resignarse a vivir entre bufones y criados.  Pero, ¿en qué consiste ser un caballero? ¿cuáles son los requisitos para el trámite? ¿hay una edad mínima? y ¿existe un manual o algo así?

Al revisar algunos libros ―y no me refiero a los de Jordi Rosado o Gaby Vargas, ni siquiera al Manual de Carreño―, podemos notar que, en la antigüedad, el “caballero” era aquel apuesto hombre de armadura brillante, ese que monta un corcel blanco y es reconocido por su valentía, elegancia, nobleza y su desinteresada preocupación por ayudar a los indefensos. Resulta evidente que no cualquiera podía llegar a serlo; debía ganárselo en base a sus acciones y virtudes: ya fuera salvando una villa, protegiendo al Rey ―o a la Reina, guiño-guiño―, rescatando a una princesa cautiva o decapitando a un dragón. El caballero no nace, se hace.

En nuestros días, ser merecedor del título es mucho más fácil: cuestiones como abrir la puerta del auto, del restaurante, del cine, de cualquier lugar, para que pase primero la mujer que nos acompaña; cederles el asiento; levantarse para saludarlas ―entre hombres no lo hagan, se ve raro y sospecho; bueno, sólo por sus jefes―; el caballero es educado y modera su lenguaje. Además, dicen “por favor” y “Gracias” ―hay mujeres que hablan peor que varios varones que conozco; pero de eso hablaremos después―; no monta escenas ni busca pelear por cualquier cosa ―en palabras de una compañera: “a nadie le gusta un tipo que saca su espadita para todo”―; es inteligente y educado en el trato a los demás. No se burla de nadie; es puntual; sabe vestirse según la ocasión lo demande; no miente; defiende a los necesitados y vela por la justicia en el mundo. En fin, un caballero se comporta de manera correcta durante todo el tiempo… ―Caray… Creo que prefiero al dragón. ¿Alguien sabe en dónde puedo encontrar uno en estos días?―. De nuevo: no cualquiera puede serlo.

¿En dónde acaba la caballerosidad y comienza el machismo?

Algunos “hombres” malinterpretan el cuidado y la atención, que merece cada una de las mujeres, con una actitud posesiva que en ocasiones raya en lo enfermizo. Dejemos algo bien en claro: no por tratarla bien te pertenece y debe hacer lo que tú digas ―tú sí; si ella te trata bien, eres de ella y te callas.

“Los caballeros nunca pasarán de moda”

Es una frase recurrente entre las mujeres, y ¡tienen razón! Aunque eso es porque nunca han estado de moda; el caballero siempre ha sido un individuo que se distingue de los demás y que no alardea de ello ―como yo, por ejemplo―. Por lo tanto, esta raza no está en peligro de extinción; son pocos, pero la cantidad se mantiene estable. Más bien creo que algunas mujeres no han tenido la fortuna de toparse con uno de estos especímenes. Les recomiendo dejar caer el pañuelo un poco más seguido, pues nunca saben en qué momento un caballero estará ahí, listo para devolvérselos.

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